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La colección de frases más larga de la historia

7 Feb

Autoidolatría.

Hablar sin pasión.

Potencia de la idea fija.

Supernaturalismo e ironía.

Armonía poética del carácter.

Contar altisonantemente cosas cómicas.

El restablecimiento y perfección de la salud.

La franqueza absoluta. Medio de originalidad.

Amplia sonrisa en un hermoso rostro de gigante.

Si intentas gustar acabarás rebajándote.

Todo lo que es profundo ama la máscara.

Siempre se pierde algo al darse al público.

Sólo el oprimido sabe lo que es el espíritu.

A la larga sólo el bien es digno de atención.

De lo sublime a lo ridículo sólo hay un paso.

Lo que es ligeramente deforme parece insensible.

El hombre acaba por parecerse a lo que quisiera ser.

Lo que haces no es para ti, sino para los demás.

Hay en nosotros algo más profundo que el cerebro.

En cuanto nuestro corazón se enternece se debilita.

Quisiera escribir palabras que te hicieran llorar de admiración.

El efecto de la sabiduría es una alegría siempre igual.

Yo he sido muchacho, muchacha, planta, ave y pez mudo del mar.

Un polvo dura un minuto, y lo has deseado durante meses.

Dos excesos: excluir la razón, no admitir sino la razón.

Una opinión imparcial carece siempre y en absoluto de valor.

No hay más verdad que la fuerza, que es la justicia suprema.

Muchas cosas que causan terror de noche, el día las torna ridículas.

Únicamente por los buenos sentimientos se obtiene la fortuna.

No dramatices nunca, simplifica siempre.

Habla irónicamente sin sonreir. Sonríe sin hablar.

Alaba a menudo. Admira rara vez. No critiques nunca.

Quien desee dominar a los otros no puede dejarse escandalizar.

Saluda también con los ojos o con una sonrisa. Nunca con la boca.

Las personas interesantes (por decirlo así) son siempre un poco brutales.

El mundo quiere ser engañado. Y se pondrá seriamente furioso si no lo haces.

¿Cuándo eres realmente viejo? Cuando ya no te causa placer tener un público.

Lo propio de la justicia es abatir el orgullo por santas que las obras sean.

Todos lo que sé es que pronto debo morir; pero lo que más ignoro es esta muerte, que no puedo evitar.

Jesucristo es un Dios a quien uno se acerca sin orgullo, y bajo el cual se humilla sin desesperación.

La suprema adquisición de la razón consiste en reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan.

Gustosa cosa es permanecer en un navío combatido por la tempestad cuando se tiene la seguridad de que no puede perecer.

No veo sino infinitos en todo, que me encierran como un átomo, y como una sombra, que no dura sino un instante y ya no vuelve.

No debes hablar cínicamente como mucha frecuencia. Pero debes serlo siempre.

Hay pieles endurecidas con las cuales el desprecio no es ya un placer.

La amistad de un solo hombre de juicio es preferible a la de todos los insensatos.

No seas arrogante en la prosperidad, pero si caes en la pobreza no te humilles. Aprende a soportar los cambios de la fortuna con nobleza.

Las pasiones son buenas, pero no en exceso; hacen perder mucho tiempo.

Se llegan a hacer cosas hermosas a fuerza de paciencia y de larga energía.

La felicidad es una mentira cuya búsqueda causa todas las calamidades de la vida.

¡Qué mecánica supone lo natural, y cuántas artimañas hacen falta para ser auténtico!

Me gustan los tipos tajantes y energúmenos. Sin fanatismo no se hace nada grande.

Ser tonto, egoísta y tener buena salud, son las tres condiciones requeridas para ser feliz.

Todos los grandes voluptuosos son púdicos; hasta ahora no he visto excepciones.

La naturaleza exterior nos avergüenza: es de una serenidad desoladora para nuestro orgullo.

No creo en el remordimiento: es una palabra de melodrama que jamás consideré auténtica.

Me gusta agotar las cosas. Y todo se agota; jamás he tenido un sentimiento sin tratar de agotarlo.

Más que galopar, Pegaso suele ir al paso. Todo el talento consiste en tomar el ritmo que uno quiere.

La dualidad del arte es una consecuencia fatal de la dualidad del hombre.

El buen gusto es la capacidad de neutralizar continuamente la exageración.

Si cedo ante el placer, tendré que ceder ante el dolor, la fatiga y la pobreza.

En nuestros pensamientos tiene más parte la voluntad que el entendimiento.

La felicidad es una mentira cuya búsqueda causa todas las calamidades de la vida.

Cuando mejor mentimos es cuando la mentira concuerda con nuestro carácter.

No echaré a perder mi amor por lo sombrío escribiendo una oda a la oscuridad.

Sólo podemos dar una opinión imparcial sobre las cosas que no nos interesan.

Los dioses que nos dieron la llama divina nos dieron también el divino sufrimiento.

No creo en el remordimiento. Es una palabra de melodrama que jamás consideré auténtica.

El hecho de afectar una cualidad, de vanagloriarse de ella, es una confesión de que no se posee.

Ninguna cosa honesta puede ser realizada de mal talante, por fuerza. Toda cosa honesta es voluntaria.

Más vale inclinarse por la duda que por la seguridad en cosas difíciles de probar y peligrosas de creer.

La suprema adquisición de la razón consiste en reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan.

El modo más pérfido de hacer daño a una causa es defenderla deliberadamente con malos argumentos.

Las mujeres confunden el culo con el corazón y creen que la luna está hecha para alumbrar su cuarto.

Para aguantar todo lo que precisas, ángel mío, hazte una coraza secreta compuesta de poesía y orgullo.

Temo ser frío, seco, egoísta, y Dios sabe bien, sin embargo, lo que sucede en estos momentos dentro de mí.

Hay que apoyarse sobre los fuertes y sobre lo eterno, y no sobre nuestras pasiones tornasoladas y cambiantes.

Me disgusta profundamente el periódico, es decir, lo efímero, lo pasajero, lo que es importante hoy y no lo será mañana.

Cuando uno vale algo, buscar el éxito es estropearse sin motivo, y buscar la gloria es quizá perderse completamente.

Por un instante he visto la sima, he comprendido el abismo, y luego el vértigo me ha arrastrado.

Así que tú también has sondeado el abismo y has visto el fondo allá donde creías que no lo había.

Ahora siento hacia mis semejantes un odio sereno, o una piedad tan inactiva que es lo mismo.

No te burles de nadie. A fin de cuentas, nadie entiende una broma que se hace costa suya.

Demuestra lo que dices sólo cuando estés entre idiotas o profesores (y suscriptores de revistas).

Nadie es tan tonto como para que no puedas, después de tres días, convencerlo de que es un genio.

Jamás disculpes. Parece arrogante. Tampoco digas eso; también lo parece. Limítate a olvidar manifiestamente lo sucedido.

Podrás ser tan fuerte como quieras; si careces de experiencia caerás más rápida y fatalmente que cualquier idiota promedio.

Si alguien te asalta con una pregunta, una observación, aparenta estar un poco confundido: como si te hubiera sacado de tus reflexiones.

Haz como si tomaras la vida en serio. Los listos, si te creen, te considerarán digno de confianza; si no te creen, te tomarán por listo.

Aquél que afirma que la vida es bella y los hombres buenos es, o bien un embécil, o bien uno del que deberías tener mucho cuidado.

“Ni amar ni odiar”; esta regla encierra la mitad de toda sabiduría; “no decir nada y no creer nada”: he ahí la otra mitad.

He podido meterme en cargos públicos sin apartarme de mí ni un dedo, y darme a los demás sin robarme a mí mismo.

Hay pieles endurecidas con las cuales el desprecio ya no es una venganza.

Hacen reír a mucha gente irreflexiva, a esa gente grave sin verdadera gravedad.

Casi toda nuestra originalidad viene del sello que el tiempo imprime en nuestras sensaciones.

La vida sólo tiene un encanto verdadero: el encanto del juego. Pero ¿Y si nos es indiferente ganar o perder?

Los nudos más sólidos se desatan por sí mismos, porque la cuerda se gasta. Todo se va, todo pasa, el agua corre y el corazón olvida.

El hombre del mundo perfecto sería aquel a quien la indecisión nunca le haga quedarse corto y a quien nada haga apurarse tampoco.

Del culto a sí mismo en el amor desde el punto de vista de la salud, de la higiene, del aseo, de la nobleza espiritual y la elocuencia.

Lo que vuelve tan hermosas las figuras de la antigüedad es que eran originales: ahí está todo, el sacar de uno mismo.

No soy ruiseñor, sino curraca de grito agrio que se oculta en el fondo de los bosques para no ser oída sino por ella misma.

Si no me quisieras, me moriría; como me quieres, aquí estoy, escribiéndote que te detengas. Mi propia estupidez me da asco.

Cada día me doy cuenta de lo poco que tengo, y la profundidad de mi vacío no iguala sino la paciencia que dedico a contemplarlo.

Por mucho que escondo lo más posible mis dolores en mi interior, a veces salen, y desgarran a quienes estrecho entre mis brazos.

Hay momentos de la vida en que el tiempo y el espacio son más profundos y el sentimiento de la existencia infinitamente mayor.

Toda poesía que no exagera es auténtica y todo lo que produce una impresión duradera y profunda no es exagerado.

La felicidad es un usurero que, por un cuarto de hora de dicha que te presta, te hace pagar todo un cargamento de desgracias.

Los nudos más sólidos se desatan por sí mismos, porque la cuerda se gasta. Todo se va, todo pasa; el agua corre y el corazón olvida.

La comicidad llegada al extremo, la comicidad que no hace reir, el lirismo en la broma es para mí lo que más me seduce como escritor.

Esta disposición para planear sobre uno mismo es quizá la fuente de toda virtud. Te arranca de la personalidad, lejos de retenerte en ella.

Si las cosas no van tan bien aquí. quizá vayan mejor en otro lugar o, lo cual sería mejor, quizá no haya nada en absoluto. Eso sería perfecto.

¡Camina, venga, no mires hacia atrás ni hacia adelante; pica piedras como un peón, con la cabeza gacha, latiéndote el corazón siempre, siempre!

La muerte me inquieta muy poco. Ya que estamos entre amigos puedo decirle que hay una sola cosa de la que tengo miedo, es la eventualidad de no morir.

Yo soy un arabesco de marquetería; hay trozos de marfil, de oro y de hierro; los hay de cartón pintado; los hay de diamante; los hay de hoja de lata.

La literatura es mi único destino y trato de cumplirlo lo mejor que puedo. Para mí, la literatura es más verdad que muchas otras cosas, más verdad que circunstancias de mi propia vida.

Si te acomete la Gran Ira, emprende algo de inmediato. Si no tienes nada más al alcance de la mano, explica a una niña de seis años el poder de la luz de la luna.

No presumo de ir hacia un falso ideal de estoicismo, pero evito las ocasiones de sufrimiento y las atracciones peligrosas, de las que ya no se vuelve.

El amor no es lo primero en la vida, sino lo segundo. Es un lecho en el que acuesta uno su corazón para relajarlo. Y uno no puede pasarse todo el día echado.

Las mujeres, que han amado tanto, no conocen el amor, por haber estado demasiado acupadas con él; no tienen un apetito desinteresado por lo Bello.

El gran hombre necesita, para existir, poseer un poder de ataque superior a la fuerza de resistencia desarrollada por millones de individuos.

Goces espirituales y físicos causados por la tormenta, la electricidad y el rayo, toque de alarma de los recuerdos amorosos, oscuros, de los años pasados.

No hables en voz baja demasiado tiempo. Hace suponer que te has acostumbrado a ello por razones indignas. (Pero habla siempre en voz baja por teléfono).

No te repitas jamás. Si a las tres has dicho algo estupendamente ingenioso y lo repites dos veces en la siguiente hora, todos se inclinarán a pensar que eres un imbécil.

Lo que constituye la fuerza de una obra es el empalme, como se dice vulgarmente, es decir, una larga energía que corre de un extremo a otro y que no flaquea.

En la plegaria hay una operación mágica. La plegaria es una de las grandes fuerzas de la dinámica intelectual. Hay en ella como una corriente eléctrica.

Una alimentación muy nutritiva y regular es la única cosa que necesitan los escritores fecundos. la inspiración es, decididamente, la hermana del trabajo diario.

El odio es un licor precioso, más caro de aquel del los Borgia, pues está hecho con nuestra sangre, nuestra salud, nuestro sueño, y dos terceras partes del nuestro amor. Es necesario ser avaro con él.

Al amor le pusieron una venda, pues resultaba embarazoso representar sus ojos. Habría sido algo demasiado feo. Lleva tanto tiempo llorando que han de estar rojos.

Porque un imbécil tenga dos pies como yo, en vez de cuatro como un burro, no me creo obligado a quererlo, o al menos, a decir que lo quiero y que me interesa.

El amor, después de todo, no es sino una curiosidad superior, un apetito de lo desconocido que te empuja a la tormenta, a pecho abierto y con la cabeza adelante.

No existe la mala suerte. Si tienes mala suerte, es que te falta algo; debes conocer este algo, debes estudiar los juegos de las voluntades vecinas para desplazar con más facilidad la circunferencia.

Conoce, pues, los goces de una áspera vida, y reza, reza sin cesar. La plegaria es el depósito de la fuerza (Altar de la voluntad -Dinámica moral- La brujería de los Sacramentos -Higiene del alma).

Lo que hace dulces los días es la expansión de la mente, la comunión de ideas, el relato confidencial de lo que se ha soñado, de lo que se desea, de todo lo que se piensa.

Hay que poner el corazón en el arte, la inteligencia en el comercio del mundo, el cuerpo allá donde se encuentre bien, la bolsa en el bolsillo y la esperanza en parte alguna.

El artista debe arreglarse para hacer creer a la posteridad que no ha vivido. Cuanto menor es la idea que me formo de él, más grande resulta.

En la juventud domina la contemplación; en la edad madura, la reflexión; por eso la primera es la época de la poesía; la segunda, la de la filosofía.

No presumo de ir hacia un falso ideal de estoicismo pero evito las ocasiones de sufrimiento y las atracciones peligrosas, de las que ya no se vuelve.

Nuestro valor intelectual, lo mismo que nuestro valor moral, no entra del exterior en nosotros, sino que sale de lo más profundo de nuestro ser.

La alabanza o la censura no tienen sino un efecto momentáneo en aquellos en quienes el amor por la belleza en abstracto los hace críticos severos de sus propias obras.

Lo que hace dulces los días es la expansión de la mente, la comunión de ideas, el relato confidencial de lo que se ha soñado, lo que se desea, todo lo que se piensa.

Cuanto más se aproxime una persona a otra, tanto menos consecuente en sus empresas y consistente en su interior le parecerá, a no ser que la vea con los ojos del amor.

No es el temperamento violento, es la prudencia lo que hace parecer terrible y amenazador; de tal manera, el cerebro del hombre es un arma más terrible que la garra del león.

La verdadera finalidad de la educación es el amor a la belleza, los mejores métodos educadores son el desarrollo del temperamento, el cultivo del gusto y la formación del espíritu crítico.

Me detesto y me acuso por esa demencia de orgullo que me hace jadear en pos de la quimera. Un cuarto de hora después, todo ha cambiado; el corazón me late de alegría.

Que cada uno se contente con ser honesto, quiero decir con cumplir su deber y no fastidiar al prójimo, y entonces todas las utopías virtuosas se verán rápidamente rebasadas.

¡Si me hubieras amada a los diecisiete años, qué cretino sería ahora! La feliclidad es como la sífilis: si se contrae demasiado joven, puede estropear completamente el temperamento.

No hay un cretino que no haya soñado ser un gran hombre, ni un burro que, al contemplarse en el arroyo junto al que pasaba, no se mirara con placer, encontrándose aires de caballo.

Soy el hermano en Dios en todo lo viviente, de la jirafa y del cocodrilo tanto como del hombre, y conciudadano de todos los inquilinos del gran caserón amueblado que es el Universo.

Lo grotesco triste tiene para mí un encanto inaudito; corresponde a las necesidades íntimas de mi naturaleza, que es bufonescamente amarga. No me hace reir sino soñar largamente.

Todo el mundo puede simpatizar con los sufrimientos de un amigo; pero se requiere una naturaleza excepcionalmente pura, realmente individualista, para simpatizar con los éxitos de un amigo.

La mayor atención que un autor puede tener para como su público es no darle nunca aquello que espera, sino aquello que él mismo, desde el grado de formación propia y ajena, considera correcto y útil.

El recordar una determinada imagen no es sino echar de menos un determinado instante, y las cosas, los caminos, los paseos, desgraciadamente son tan fugitivos como los años.

Mientras ignores lo que debes evitar y lo que debes desear, qué cosas son necesarias y cuáles son superfluas, dónde se halla lo justo y dónde lo injusto, lo que hagas no será viajar sino andar errante.

Si podemos concebir las cosas tal vez podamos realizarlas. Pienso que la imaginación puede cumplir una misión profética: se comienza por imaginar las cosas y después éstas llegan.

Estoy seguro de que Jesús no pensé nunca en fundar una religión. Pienso que le habría sorprendido si le hubieran hablado de la religión cristiana. El era judío y se sentía como los otros.

Amo el arte, y no creo en él. Me acusan de egoísmo, y no creo en mí más que en otra cosa. Amo la naturaleza, y con frecuencia el campo me parece estúpido. Amo los viajes y detesto menearme.

Siempre soy sincero, y no puedes acusarme de haber mentido ni fingido un solo minuto, pues desde la primera hora, desde la primera palabra, dije todo eso; desde el bautismo anuncié el entierro.

La idea de dar la vida a alguien me produce horror. Me maldeciría si fuese padre. ¡Un hijo mío! ¡Oh, no, no, no! ¡Perezca toda mi carne, y que no transmita a nadie el hastío y las ignominias de la existencia!

No soporta el alma que pongan límites a su duración: todos los años anda diciendo, sin míos: ningún siglo queda cerrado a los grandes espíritus; ninguna época es impenetrable al pensamiento.

En toda confesión, en toda representación, se introduce fácilmente la deformación, y lo más tierno, lo indecible, se puede convertir, con un movimiento de la mano, en vulgar.

El hastío que me entra por los ojos me rompe, desde el punto de vista nervioso, y además, sufrir durante mucho tiempo el espectáculo de la multitud me hunde siempre en ciénagas de tristeza, donde me asfixio!

Yo le había dado el fondo. Usted quiere, además, lo de encima, la apariencia, los mimos, la atención, los desplazamientos, todo lo que me he matado tratando de explicarle que no podía darle.

Ya he sido amado antes, y mucho, aunque soy de esos seres a los que se olvida pronto, más aptos para hacer nacer la emoción que para hacerla durar. Siempre me quieren un poco como algo raro.

Me parece que tú también tienes tristeza en el corazón, de esa profunda que de nada procede y que, como depende de la sustancia misma de la vida, es tanto mayor cuanto que ésta es más agitada.

Hay dos clases de personas que pueden llamarse razonables: las que sirven a Dios de todo corazón y las que le buscan de todo corazón porque aún no lo conocen.

Jesucristo ha dicho las cosas grandes tan sencillamente, que parece que no las ha pensado; y con tanta certeza, sin embargo, que bien se vio cómo pensaba.

Si todo se somete a la razón, nuestra religión no tendría nada de misterioso ni de sobrenatural. Si se choca con los principios de la razón, nuestra religión es absurda y ridícula.

Es preciso, para que una religión sea verdadera, que haya conocido nuestra naturaleza. Debe haber conocido la grandeza y la pequeñez, y la razón de la una y de la otra. ¿Cuál la ha conocido sino la cristiana?

Es fácil, con una jerga convenida, con dos o tres ideas en boga, hacerse pasar por un escritor socialista, humanitario, renovador y precursor de ese porvenir evangélico soñado por los pobres y por los locos.

El fácil, con una jerga convenida, con dos o tres ideas en boga, hacerse pasar por un escritor socialista, humanitario, renovador y precursor de ese porvenir evangélico soñado por los pobres y por los locos.

Todo el talento de escribir no consiste, depués de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza. En el estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido.

La gente que medita, o sea, los champiñones intelectuales que se pudren en su sitio, como yo, hacen bien de vez en cuando en acercarse al fuego. Hace que despidan su jugo, luego quedan aún más secos.

Llegar más allá de los sesenta años no causa ningún placer y, de hecho, es a menudo un malheur. Ten esto en cuenta cuando tengas treinta y no seas avaro contigo mismo. (Además, los ahorrativos jamás triunfan).

La filosofía no enseña a hablar, sino a actuar, y exige que todo el mundo viva conforme a su ley, que la vida no contradiga la palabra y que no exista discrepancia entre los diferentes actos de la vida, que todos ofrezcan el mismo color.

Promete realizar todo lo que te pidan. Prométele con tanto júbilo que cualquier duda sobre tu promesa se disuelva enseguida. Si luego no cumples lo prometido, habrás sido alabado de tal modo, que ya no valdrá la pena decir lo contrario de ti.

Recuerda que todo el que te ha hecho partícipe de su sufrimiento o te ha contado algo acerca de su amor ha despertado en ti un vago sentimiento de impaciencia. No cometerás así jamás el burdo error de ocupar a otros contigo cuando quieras que se ocupen de ti.

Todo el mundo se alegra de poder juzgar. Si temes, pues, que alguien pudiera condenar alguna de tus características, llévalo mañosamente a que condene esta misma característica en otra persona. Así se olvidará de la tuya y pensará que se ha equivocado.

Ejercita cada día tus ojos poniéndote frente al espejo. Tu mirada debe aprender a posarse silenciosa y pesadamente sobre el otro, a disimular con velocidad, a aguijonear, a protestar O a irradiar tanta experiencia y sabiduría que tu prójimo te dé la mano temblando.

Estrictamente hablando, no hay ni amos ni lacayos. Todos somos esclavos de nuestras capacidades y nuestros temperamentos. Ten esto siempre en cuenta y no te resultará difícil controlarte a ti mismo ni a los demás.

Cuando estés mal, harás bien en intentar ocultarlo. Pero si gozas de éxito, a tu alrededor surgirán odios y envidias, así que finge un malestar pulmonar o un dolor de riñones y cómprate una sepultura: todo enemistad se desvanecerá.

Durante siglos, a todas las cosas se les suscribieron profundidades que en verdad nunca han tenido. Esto ha sido la causa de grandes desgracias. Banaliza todo; cosecharás éxitos y sembrarás oportunidades.

No es la aversión a este mundo donde todos traicionan, venden y engañan, la que convierte a muchas personas en raros y solitarios. Es el temor de no tener fuerzas suficientes para desconfiar continuamente, para timar, para saquear.

Si logramos descorrer el velo de las palabras, el cual nos oculta la verdadera esencia de las cosas, entonces nos encontraremos cara a cara con las percepciones originarias y, en ellas, con las últimas certidumbres del conocimiento.

No permitas que tu vida se vuelva demasiado regular. Podrás encontrar satisfacción en ello y en un año tener una panza y un hijo. Todo derrumbe ocurre de prisa. Y a menudo cae el más fuerte sin poder ponerse de pie de nuevo.

Revelar cólera u odio en las palabras o en los ademanes es inútil, peligroso, imprudente, ridículo y vulgar. No se debe, pues, manifestar cólera u odio sino por actos. La segunda manera obtendrá tantos más éxitos cuando mejor se preserve uno de la primera.

No debe sorprender, entonces, que hablemos así y estemos satisfechos de nosotros mismos y nos consideremos bien dotados. También el perro parece hermoso ante el perro, el buey ante el buey, el asno ante el asno y ciertamente el cerdo para el cerdo.

No es bueno que el hombre no vea nada; no es bueno tampoco que vea lo bastante para creer que posee; sino que vea tan sólo lo suficiente para conocer que ha perdido. Es bueno ver y no ver; esto es precisamente el estado de naturaleza.

Después de su muerte vino San Pablo a declarar a los hombres que todas estas cosas había acontecido en figuras; que el reino de Dios no consistía en la carne, sino en el espíritu; que los enemigos de los hombres no eran los babilonios, sino sus pasiones propias.

Comprendo como cualquier otro lo que debe de experimentarse viendo dormir a un hijo. Yo no habría sido mal padre; pero ¿para qué hacer salir de la nada lo que duerme? Hacer venir a un ser es traer a un desdichado.

No he podido llegar al estoicismo, al que nada afecta, y que no se rebela más ante la estupidez que ante el crimen; pero he conseguido librarme completamente de todo cuanto puede mostrarme la estupidez humana.

Ya he vuelto a mi vida chata y monótona, que sólo tiene algún placer en su uniformidad, y alguna grandeza, quizá, sólo en su perseverancia. En cuanto rompo mi ritmo ordinario y quiero volver a él, siento una amargura sin fondo.

Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza. En estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido.

Lo que siento por ti es un fruto de verano de piel lisa, que cae de la rama al menor soplo y derrama en la hierba su jugo bermejo. Se agarra al tronco, tiene la corteza dura como un coco y erizada de pinchos como los higos chumbos.

Lo que temo no son los leones ni los sablazos, sino las ratas y los alfilerazos. La habilidad práctica de un ser inteligente consiste en saber preservarse de todo eso. Para ello, como en todo, hace falta arte, y sobre todo paciencia.

No ha dado tiempo a su ira para que se enfríe. Una vez más, no se escribe con el corazón, sino con la cabeza, y por bien dotado que esté uno, siempre hace falta esa vieja concentración que da vigor al pensamiento y relieve a la palabra.

He perdido a muertos, he perdido a vivos, y he visto toda las estupidez vanidosa de mis dolores, cuando creía que estos afectos eran necesarios para mi vida. Nada es necesario ni útil. Hay cosas más o menos agradables, eso es todo.

¿Por qué has querido entrometerte en una vida que no me pertenece a mí mismo, y cambiar toda esa existencia a capricho de tu amor? Me ha hecho sufrir el ver los esfuerzos inútiles que hacías para mover esa roca que hace sangrar los dedos cuando se roza.

De día en día siento operarse en mi corazón un alejamiento de mis semejantes que va ensanchándose, y estoy contento de ello, pues mi facultad de aprehensión hacia lo que me es simpático va en aumento, debido a ese mismo alejamiento.

El fondo de mi creencia es no tener ninguna. Ni siquiera creo en mí; no sé si soy idiota o ingenioso, bueno o malo, avaro o pródigo. Como todo el mundo, floto entre todo eso; mi mérito es, quizá, el darme cuenta, y mi defecto, el tener la franqueza de decirlo.

El amor no está, y no debe estar, en el primer plano de la vida; debe quedarse en la trastienda. Hay otras cosas antes que él, en el alma, que están, creo, más cerca de la luz, más próximas al sol. Conque, si tomas el amor como plato fuerte de la vida: no. Como condimento: sí.

Hay que leer, meditar mucho, pensar siempre en el estilo y escribir lo menos posible, sólo para calmar la irritación de la idea que exige tomar forma, y que se revuelve en nuestro interior hasta que le hemos encontrado una exacta, precisa, adecuada a ella misma.

La prueba de que no soy un fanático de los tonos crudos y de las ideas absolutas es que, tanto como me gustan en arte los amores desordenados y las pasiones que gritan, tanto me gustan en la práctica las amistades voluptuosas y los galanteos sentimentales.

Lo que a mí me parece lo más elevado del Arte (y lo más difícil) no es hacer reir ni llorar, ni poner cachondo o enfurecer, sino obrar al modo de la naturaleza, es decir, hacer soñar. Por eso las obras más hermosas poseen ese carácter. Son serenas de aspecto e incomprensibles.

Si hay Dios es infinitamente incomprensible, puesto que, no teniendo ni parte ni límites, no tiene ninguna relación con nosotros; somos, pues, incapaces de conocer cómo es, ni es siendo así ¿Quién osará proponerse resolver esta cuestión? No nosotros, que carecemos de relación con él.

No son las grandes desgracias las que crean la desgracia, ni las grandes felicidades las que hacen la felicidad, sino el tejido fino e imperceptible de mil circunstancias banales, de mil detalles tenues los que componen toda una vida de paz radiante o de agitación infernal.

La mayor fineza radica en el mínimo de fineza. Es inútil comportarse, pues lo que para otros es el colmo del comportamiento, para nosotros es precisamente nuestro estado natural. Son tan pocas las gentes sencillas, es decir despojadas de toda provocación sentimental o intelectual, que el hecho de ser como somos nos vuelve singulares.

Me hablas de un terremoto en Livorno. Aunque abriera la boca al respecto, para dejar escapar las frases consagradas en semejante caso: “¡Es lamentable! ¡Qué horrible desastre! ¿Será posible? ¡Ay, Dios mío!”, ¿devolvería la vida a los muertos y sus bienes a los pobres?

Puesto que la felicidad no es más que un estado pasajero que no presagia nada nuevo, lo que hay que buscar es menos la felicidad que la serenidad. Para mí la serenidad, y quizas la felicidad, se encuentran más fácilmente en la lectura y en la reflexión que en las otras cosas de este mundo.

Hay muchos autores jóvenes -y yo era uno de esos hace tiempo- que escriben pensando menos en la literatura que en la historia de la literatura, en su lugar en la historia de la literatura. Piensan: “Soy argentino, escribo en 1969, después de dos guerras mundiales, después de una dictadura, etc. ¿Qué suerte de poemas debo escribir, quién convendrá con ese carácter abstracto que acabo de crear?”.

Sería triste para mí, después de mi muerte, pensar que en la Tierra me llamaba Borges, que publiqué algunos libros, que venía de una familia de militares… prefiero olvidar todo eso, al igual que prefiero olvidar la época en que estaba en el vientre de mi madre. Estoy un poco fatigado de ser Borges, y después de mi muerte seré tal vez alguien, tal vez nadie, pero espero no ser Borges.

Dios existe o no existe. ¿A qué respuesta nos inclinaremos? La razón nada puede decidir en esto. Hay un caos infinito que nos separa. Un juego se está jugando a tal infinita distancia; saldrá cara o cruz. ¿Por cuál apostaréis? La razón nada os dice; por la razón ninguna de las dos soluciones puede ser defendida.

San Vicente de Paúl obedecía a un apetito de caridad, como Calígula a un apetito de crueldad. Cada uno goza a su estilo y para sí solo; unos, reflejando la acción sobre sí mismos, convirtiéndose en su causa, centro y finalidad; otros, convidando al mundo entero al festín de su alma.

El éxito no me tienta. Lo que me tienta es lo que puedo darme, mi propia aprobación; y quiza acabaré por prescindir de ella, como habría que tenido que prescindir de la de los demás. Así pues, traslada todo eso a ti, sobre ti, Trabaja, medita, medita sobre todo, condensa tu pensamiento.

Eres precisamente la única mujer a la que he querido y que he conseguido. Hasta ahora me iba a calmar con unas los deseos inspirados por otras. Me has hecho mentirle a mi sistema, a mi corazón, quizá a mi naturaleza, que, siendo incompleta en sí misma, busca siempre lo incompleto.

Lo que me impide tomarme en serio, aunque tengo el espíritu bastante grave, es que me encuentro bastante ridículo, no con ese ridículo relativo que es la comicidad teatral, sino con ese ridículo inherente a la propia vida humana, y que brota del acto más sencillo o del gesto más ordinario.

Un hombre querrá a su lavandera y sabrá que es tonta, sin gozar menos por ello. Pero si una mujer ama a un patán, es un genio desconocido, un alma de élite, etc., de modo que, debido a esa natural disposición al bizqueo, no ven la verdad cuando aparece, ni la belleza allá donde se encuentra.

La patria es la tierra, es el universo, son las estrellas, es el aire, es el propio pensamiento, es decir, lo infinito dentro de nuestro pecho. Pero las querellas de pueblo a pueblo, de municipio a barrio, de hombre a hombre, me interesan poco, y sólo me divierten cuando constituyen grandes lienzos en fondo rojo.

Nada acusa más claramente una extrema debilidad de espíritu que el desconocer cuál es la desgracia de un hombre sin dios; nada señala hasta tal punto la mala disposición de un corazón, que el no desear la verdad de las promesas eternas; nada es más cobarde que fingirse valiente en contra de Dios.

Conócete a ti mismo. Honra a los que han muerto santamente. Respeta a los más ancianos. Prefiere la pérdida sentida a la ganancia vergonzosa, pues aquélla trae dolor sólo una vez; ésta, siempre. Domina la ira. Obedece las leyes. Si sufres injusticia, reconcíliate; de la Hibris, defiéndete.

Y los hombres observan en su vida sólo una pequeña parte de toda su existencia, pues corren a una rápida muerte, llevados hacia la altura como el humo, persuadidos únicamente de que lo que como individuos encuentran por azar en todas direcciones, pero seguro cada uno de haber descubierto el Todo.

Nada en exceso, huye del placer que provoca dolor. No conquistes amigos demasiado pronto, pero si los has ganado no los rechaces con rudeza. Si tú has aprendido a obedecer, aprenderás también a mandar. Aconseja a tus ciudadanos no lo más agradable sino lo mejor. Sé comprensivo frente a tus propios allegados. Deduce lo invisible de lo visible.

Lea y no sueñe. Sumérjase en largos estudios; lo único que hay perennemente bueno es el hábito de un trabajo tozudo. De él se desprende un opio que embota el alma. He pasado por atroces hastíos, y he girado en el vacío, loco de aburrimiento. De eso se salva uno a fuerza de constancia y de orgullo.

El Dios de los cristianos es un Dios de amor y de consolación; es un Dios que llena el alma y el corazón que posee; es un Dios que hace sentir interiormente la propia miseria y al misericordia infinita, que se une al fondo de las almas; que llena de humildad, de gozo, de confianza, de amor; que los hace incapaces de otro fin que no sea El mismo.

Sólo la religión cristiana es proporcionada a todos, porque en ella se mezcla lo exterior y lo interior. Ella eleva al pueblo a lo interior, y hace descender a los soberbios a lo exterior, y no es perfecta sin lo uno y lo otro. Porque precisa que el pueblo entienda el espíritu de la letra, y los sutiles sepan someter su espíritu a la letra (practicando lo que hay en ella de exterior).

¿No está más claro que el día que sentimos en nosotros mismos los caracteres imborrables de la excelencia?¿Y no es verdad también que experimentamos constantemente los efectos de nuestra deplorable condición? ¿Qué nos clama pues, este caos y esta confusión monstruosa sino la verdad de estos dos estados, con una voz que es imposible resistir?

Es tan dañino para el hombre conocer a Dios sin conocer su propia miseria, que conocer su miseria sin conocer al Redentor que puede curarle de ella. Tener uno solo de estos conocimientos sin el otro, he aquí la causa del orgullo de los filósofos, que han conocido a Dios, y no a su propia miseria, o la desesperación de los ateos, que conocen su miseria sin conocer al Redentor.

Las condiciones más cómodas para vivir según el mundo, son las más difíciles para vivir según Dios; y, al contrario, nada es tan difícil, según el mundo, como la vida religiosa; nada es más fácil, según Dios; nada es tan cómodo como un gran empleo y grandes bienes, según el mundo; nada más difícil que vivir en él según Dios., y sin tomar en él parte y gusto.

Los filósofos no saben prescribir sentimientos proporcionados a los dos estados. Inspiran movimientos de grandeza pura, y éste no es el estado del hombre. Inspiran movimientos de bajeza pura, y éste no es el estado del hombre. Necesarios son los movimientos de bajeza, no de naturaleza, sino de penitencia. No para permanecer en ellos, sino para ir a la grandeza, no de mérito, sino de gracia, y después de haber pasado por la bajeza.

No es necesario ser un espíritu muy cultivado para comprender que no hay aquí abajo satisfacción verdadera y sólida; que todos nuestros placeres no son otra cosa que vanidad; que nuestros males son infinitos; y que, en fin, la muerte que nos amenaza en todos los instantes debe infaliblemente colocarnos dentro de pocos años en la infalible realidad de ser eternamente aniquilados o desgraciados.

Déjame quererte a mi aire, al estilo de mi ser, con lo que tú llamas mi originalidad. Compréndeme y no me acuses. Si te considerase ligera y necia, como las demás mujeres, te engañaría con palabras, promesas y juramentos. ¿Qué me costaría? Pero prefiero quedarme por debajo que por encima de la verdad de mi corazón.

Si por amor entiendes tener una preocupación exclusiva por el ser amado, no vivir más que por él, no ver más que a él de todo cuanto hay en el mundo, estar lleno de su idea, tener el corazón colmado de él… sentir, en una palabra, que tu vida está ligada a esa vida y que ésta se ha convertido en un órgano particular de tu alma: no.

Creo que la noche está hecha para un orden de ideas muy particular, distinto de aquel en que vivimos todo el día; es el momento de los suspiros, de los deseos, del recuerdo y de la esperanza; entonces es cuando, solo y despierto, el pensamiento flota a gusto entre cielo y tierra, como esas aves que viven en las nubes.

He nacido hastiado; esa es la lepra que me corroe. Me aburro de la vida, de mí mismo, de los demás, de todo. A fuerza de voluntad he acabado por adquirir el hábito del trabajo; pero cuando lo interrumpo, todo mi hastío vuelve a la superficie, como una carroña hinchada que exhibe su vientre verde y corrompe el aire que respiramos.

Si alguna vez se enamora de ti un pobre muchacho que te encuentra hermosa, un chico como era yo, tímido, dulce, tembloroso, que te tiene miedo y te busca, te evita y te persigue, sé buena con él, no lo rechaces, dale solamente tu mano a besar; morirá de embriaguez. Pierde tu pañuelo, lo recogerá y dormirá con él; se revolcará encima, llorando.

Nada es tan importante al hombre como su estado; nada le es tan temible como la eternidad; a sí, el hecho de que se encuentren hombres tan indiferentes a la pérdida de su estado y al peligro de una eternidad de miserias, no es cosa natural. Bien diferentes son respecto a las demás cosas; temen las más ligeras, las prevén, las sienten; y ese mismo hombre que pasa los días y las noches en la desesperación por la pérdida de su empleo, o por alguna ofensa imaginaria a su honor, es el mismo que sin inquietud y sin emoción sabe que va a perderlo todo a su muerte. Es una cosa monstruosa ver a un mismo corazón, y a un mismo tiempo, esta susceptibilidad ante las menores cosas y esta extraña impasibilidad ante las mas grandes.

Los hombre no aman naturalmente sino aquello que puede serles útil. ¿Qué ventaja hay para nosotros en oír decir a un hombre que él ha sacudido el yugo, que no cree que haya un Dios que vele por nuestras acciones, y que se considera como el único señor de su conducta y que no piensa rendir cuentas sino a sí mismo? ¿Juzga él, por ventura, que esto nos llevará a nosotros a tener, en adelante, confianza en él y a esperar sus consuelos, sus socorros o sus consejos, en las necesidades de la vida? ¿Pretenden los que dicen tal, darnos mucho gusto cuando nos cuentan que nuestra alma no es más que un poco de viento y humo, y así nos lo cuentan con un tono de voz satisfecho y alegre? ¿No es al contrario, una cosa que debiera decirse tristemente, como la cosa más triste que existe en el mundo?

No viendo la verdad entera, no han podido llegar a la perfecta virtud. Considerando los unos la naturaleza como incorrupta, los otros como irreparable, no han podido huir del orgullo o de la pereza, que son la fuente de todos los vicios, puesto que no pueden hacer otra cosa sino abandonarse en la cobardía o crecerse en el orgullo. Porque, si conocen la excelencia del hombre, ignoran su corrupción; de suerte que si evitan la pereza se pierden en la soberbia. Y si reconocen la flaqueza de la naturaleza, ignoran su dignidad; de suerte que pueden evitar la vanidad, pero se precipitan en la desesperación.

El extremo de todos mis sentimientos tiene una punta afilada que hiere a los demás, y también a mí mismo, a veces. No me gusta que mis sentimientos sean conocidos por el público, y que en las visitas me arrojen a la cabeza mis propias pasiones, a modo de conversación. Siento que te amaría de manera más ardiente si nadie supiera que te amo.

Nunca hay que pensar en la felicidad, eso atrae al diablo, pues es él quien ha inventado esa idea para hacer enloquecer al género humano. El concepto de paraíso es, en el fondo, más infernal que el de infierno. La hipótesis de una felicidad perfecta es más desesperante que la de un tormento sin descanso, ya que estamos destinados a no encontrarla nunca.

A partir de la noche en que me besaste en la frente, me juré a mí mismo no mentirte nunca. Es el procedimiento más rudo, más brutal; ¿dirás, acaso, el menos tierno? Pero creo que obrar de otro modo sería despreciarte, envilecerte incluso. No estás hecha para que se te sirva con un amor falso y lleno de muecas. Preferiría rajarte la cara que burlarme de ti a tus espaldas.

Me oriento hacia una especie de misticismo estético (si ambas palabras pueden ir juntas), y querría que fuese más fuerte. Cuando ningún estímulo nos viene de los demás, cuando el mundo exterior nos asquea, nos vuelve lánguidos, nos corrompe y nos embrutece, las personas honradas y delicadas se ven forzadas a buscar en sí mismas, en algún lugar, un sitio más limpio para vivir.

¡Cuántos amores, entusiasmos, amistades profundas y vivas simpatías no habré tenido ya, para verlas derretirse como la nieve! Me aferro a lo poco que me queda. He llorado a los muertos, a algunos vivos, y me he reído de lástima ante la vanidad de mis mejores sentimientos y de mis creencias más puras. Pero no arrojo a la calle a los que quieren quedarse conmigo, en mi aburrido aislamento.

Hubo una época en que un rey, por ejemplo, podía ser inocentemente cruel; no tenía necesidad de justificarse. Tal vez hoy se actúa mal pero se siente la necesidad de hacer creer a los otros , y lo que es más importante, se hacerse creer a sí mismo, que se ha actuado bien. Hemos llegado a una mejor etapa, la etapa de la mentira y la hipocresía. Y eso es mucho. Vivimos en el tiempo, vivimos en la sucesión.

Antes pasé largas horas soñando con triunfos asombrosos para mí, cuyos clamores me hacían estremecerme como si ya los hubiera oído. Pero no sé por qué, una mañana me desperté desembarazado de aquel deseo, incluso más enteramente que si hubiera sido satisfecho. Entonces me vi más pequeño, y dediqué toda mi razón a observar mi naturaleza, su fondo, y sobre todo sus límites.

¿Sabes que es lo que hay de más íntimo, más oculto en todo mi corazón y lo que es más “yo” en mí? Son dos o tres pobres ideas de arte incubadas con amor; eso es todo. Los más grandes acontecimientos de mi vida han sido algunos pensamientos, lecturas, ciertas puestas de sol en Trouville al borde del mar, y charlas de cinco o seis horas consecutivas con un amigo que ahora está casado, y perdido para mí.

Para tener talento hay que estar convencido de que se posee, y para conservar la conciencia limpia hay que colocarla por encima de la de todos los demás. El modo de vivir con serenidad y al aire libre es instalarse sobre una pirámide cualquiera, no importa cuál, con tal que sea elevada y su base sólida. ¡Ah!, no siempre es divertido, y se está muy solo; pero se consuela uno escupiendo desde arriba.

Si a veces tengo momentos agrios que me hacen casi gritar de rabia, hasta tal punto siento mi impotencia y mi debilidad, hay otros también en que me cuesta contenerme de alegría. Algo profundo y extravoluptuoso desborda de mí a chorros precipitados, como una eyaculación del alma. Me siento transportado y todo ebrio de mi propio pensamiento, como si me llegase, por un tragaluz interior, una bocanada de perfumes cálidos.

Hubo un tiempo en que me mirabas como a un egoísta celoso que se complacía rumiando perpetuamente su propia personalidad. Eso es lo que creen quienes ven la superficie. Lo mismo ocurre con ese orgullo que tanto indigna a los demás y que, no obstante, cuesta tamañas miserias. Al contrario, nadie ha aspirado a los demás más que yo. He ido a olfatear estiércoles desconocidos, me he apiadado de muchas cosas ante las que no se enternecían las personas sensibles.

¿Por qué no amarnos como debe uno amarse cuando tiene inteligencia? ¿Por qué no disfrutar simplemente del placer de estar juntos, buscarlo, escribírnoslo de vez en cuando, vernos con el rostro risueño y el corazón abierto, y que todo quede ahí? No merece la pena el no ser perfectos imbéciles, si es para vivir como locos. Cuando se quiere que un río corra más aprisa, se estrecha, se hace más profundo, pero sus aguas son turbias. Cuando se suena uno demasiado fuerte, se sangra. Cuando se zambulle uno demasiado hondo, se rompe la cabeza. Cuando se ama irracionalmente, se sufre desmesuradamente.

En cuanto a la idea de la patria, es decir de cierta porción de terreno dibujada en el mapa y separada de las demás por una línea roja o azul, ¡no! La patria es para mí el país que quiero, es decir, con el que sueño, aquel en que me encuentro bien. Soy tan chino como francés, y no me alegro nada de nuestras victorias frente a los árabes, porque me entristecen sus reveses. Quiero a este pueblo áspero, vivo, último tipo de las sociedades primitivas y que, al hacer alto a mediodía, tumbado a la sombra, bajo el vientre de sus camellas, se burla, mientras fuma su chibuquí, de nuestra valiente civilización que tiembla de ira.

Si por amor entiendes querer tomar de ese doble contacto la espuma que flota encima sin remover el pozo que puede estar en el fondo, unirse con una mezcla de ternura y de placer, verse con encanto y separarse sin desesperación… poder vivir uno sin el otro, puesto que uno vive separado de todo cuanto anhela, huérfano de todo lo que ama, viudo de todo aquello con lo que sueña; pero experimentar, no obstante, en estas aproximaciones, desfallecimientos que hacen sonreír, como ante un cosquilleo extraño; sentir, por último, que esto ha ocurrido porque tenía que ocurrir, y que pasará porque todo pasa, jurándose de antemano que no acusará al otro ni a uno mismo, y en medio de esta dicha vivir como uno vive, o un poco mejor, con un sillón más para reclinar en él el corazón los días de cansancio, sin que por ello deje uno de estar mucho más divertido al levantarse cada mañana.

Si se quiere vivir en la contemplación obstinada del mañana, el trabajo diario servirá para inspirarlo, como una escritura legible sirve para esclarecer el pensamiento, y como el pensamiento sereno y poderoso sirve para escribir legiblemente; el tiempo de las malas escrituras ha quedado atrás.

Existen personas que se fabrican tanto odios como admiraciones, irreflexivamente. Esto constituye una imprudencia; es granjearse enemigos sin razón ni provecho. Un golpe mal dirigido no hiere menos el corazón del rival al que estaba destinado, sin contar con que puede herir a derecha o a izquierda a uno de los testigos del combate.
Decir las cosas tan sencillamente que parece que no se han pensado y con tanta certeza, que se ve bien cómo se piensa.

Un hombre será tanto más poderoso lingüísticamente cuanto más profunda sea la soledad en la que se arraiga. A la inversa, el hombre más social, el ángel de la sociabilidad, debería callar y observar.
Nada te será tan útil para mostrar temperancia en todas las cosas como la frecuente consideración de la brevedad y la incertidumbre de la vida. En cualquier cosa que hagas, pon tus ojos en la muerte.

No es necesario ser un espíritu muy cultivado para comprender que no hay aquí abajo satisfacción verdadera y sólida: que todos nuestros placeres no son otra cosa que vanidad; que nuestros males son infinitos: y que, en fin, la muerte que nos amenaza en todos los instantes debe infaliblemente colocarnos dentro de pocos años en la infalible realidad de ser eternamente aniquilados o desgraciados.

No son las grandes desgracias las que crean la desgracia, ni las grandes felicidades las que hacen la felicidad, sino el tejo fino e imperceptible de mil cinscuntancias banales, de mil detalles tenues, que componen toda una vida de paz radiante o de agitación infernal.
No son las grandes cenas ni las grandes orgías las que alimentan, sino un régimen seguido, sostenido. Trabaja cada día pacientemente un número igual de horas. Toma el hábito de una vida estudiosa y tanquila; primero saborearás en ella un gran encanto y sacarás fuerza.

El lazo de sangre es una ficción. Y no sólo porque únicamente la madre es segura. Con el corte del cordón umbilical termina todo. Incluso lo hereditario se vuelve independiente. Piensa en esto siempre cuando el humor pesimista o un fracaso te lleven a buscar causas hereditarias. Búscalas en tus propios errores, en la malevolencia del destino, en la fuerza de tu oponente. De lo contrario, tendrás no sólo mala suerte sino además traumas interiores.

En aquellas inevitables horas en que te invade la nostalgia indomable por calma interior, el asco hacia ti mismo -que por lo demás, te hace particularmente lúcido frente a lo desastrozo de tu estado y dolorosamente consciente de la Gran Nada-, en esas horas bebe dos tazas de chocolate caliente, trágate una aspirina y ve a la cama. (Estas horas se podrán eludir si la predisposición a tales recaídas espirituales, surgida del mal sueño o el esfuerzo excesivo, pudiera a su vez ser evitada).

Cuando tenía treinta años creía no haber vivido. En esa época no sospechaba todavía que era imposible no vivir. A los treinta años comprendí el error de pensar que la lectura y al meditación pertenecen menos a la vida que otras ocupaciones del hombre. En el presente creo que la meditación, el estudio, la pedagogía, el ocio, el sueño y el soñar son tan reales o irreales como las cosas de la vida de los hombres que llevan una vida “activa”: todo es real, todo está vivo.

Yo no sé quién me ha traído al mundo, ni lo que es el mundo, ni lo que soy yo mismo. Permanezco en una ignorancia terrible de todas las cosas. No sé lo que es mi cuerpo, ni mis sentidos, ni mi alma, ni esta parte de mí mismo que piensa lo que estoy diciendo y que reflexiona sobre todo, y sobre sí misma, y que, por otra parte, no se conoce tampoco. Veo estos espantosos espacios del Universo que encierran, y me encuentro ligado a un rincón de esta vasta extensión , sin que sepa por qué estoy colocado en este lugar y no en otro, ni por qué este poco tiempo que me es dado vivir me ha sido asignado a este punto, y no a otro, de toda la eternidad que me precede y de toda la que me sigue.

Pensamientos de Pascal

7 Feb

Lo propio de la justicia es abatir el orgullo por santas que las obras sean.

Todo lo que sé es que pronto debo morir; pero lo que más ignoro es esta muerte, que no puedo evitar.

Jesucristo es un Dios a quien uno se acerca sin orgullo, y bajo el cual se humilla sin desesperación.

La suprema adquisición de la razón consiste en reconocer que hay una infinidad de cosas que la sobrepasan.

Gustosa cosa es permanecer en un navío combatido por la tempestad cuando se tiene la seguridad de que no puede perecer.

No veo sino infinitos en todo, que me encierran como un átomo, y como una sombra, que no dura sino un instante y ya no vuelve.

Hay dos clases de personas que pueden llamarse razonables: las que sirven a Dios de todo corazón y las que le buscan de todo corazón porque aún no lo conocen.

Jesucristo ha dicho las cosas grandes tan sencillamente, que parece que no las ha pensado; y con tanta certeza, sin embargo, que bien se vio cómo pensaba.

Si todo se somete a la razón, nuestra religión no tendría nada de misterioso ni de sobrenatural. Si se choca con los principios de la razón, nuestra religión es absurda y ridícula.

Es preciso, para que una religión sea verdadera, que haya conocido nuestra naturaleza. Debe haber conocido la grandeza y la pequeñez, y la razón de la una y de la otra. ¿Cuál la ha conocido sino la cristiana?

No es bueno que el hombre no vea nada; no es bueno tampoco que vea lo bastante para creer que posee; sino que vea tan sólo lo suficiente para conocer que ha perdido. Es bueno ver y no ver; esto es precisamente el estado de naturaleza.

Después de su muerte vino San Pablo a declarar a los hombres que todas estas cosas había acontecido en figuras; que el reino de Dios no consistía en la carne, sino en el espíritu; que los enemigos de los hombres no eran los babilonios, sino sus pasiones propias.

Si hay Dios es infinitamente incomprensible, puesto que, no teniendo ni parte ni límites, no tiene ninguna relación con nosotros; somos, pues, incapaces de conocer cómo es, ni es siendo así ¿Quién osará proponerse resolver esta cuestión? No nosotros, que carecemos de relación con él.

Dios existe o no existe. ¿A qué respuesta nos inclinaremos? La razón nada puede decidir en esto. Hay un caos infinito que nos separa. Un juego se está jugando a tal infinita distancia; saldrá cara o cruz. ¿Por cuál apostaréis? La razón nada os dice; por la razón ninguna de las dos soluciones puede ser defendida.

Nada acusa más claramente una extrema debilidad de espíritu que el desconocer cuál es la desgracia de un hombre sin dios; nada señala hasta tal punto la mala disposición de un corazón, que el no desear la verdad de las promesas eternas; nada es más cobarde que fingirse valiente en contra de Dios.

El Dios de los cristianos es un Dios de amor y de consolación; es un Dios que llena el alma y el corazón que posee; es un Dios que hace sentir interiormente la propia miseria y al misericordia infinita, que se une al fondo de las almas; que llena de humildad, de gozo, de confianza, de amor; que los hace incapaces de otro fin que no sea El mismo.

Sólo la religión cristiana es proporcionada a todos, porque en ella se mezcla lo exterior y lo interior. Ella eleva al pueblo a lo interior, y hace descender a los soberbios a lo exterior, y no es perfecta sin lo uno y lo otro. Porque precisa que el pueblo entienda el espíritu de la letra, y los sutiles sepan someter su espíritu a la letra (practicando lo que hay en ella de exterior).

¿No está más claro que el día que sentimos en nosotros mismos los caracteres imborrables de la excelencia?¿Y no es verdad también que experimentamos constantemente los efectos de nuestra deplorable condición? ¿Qué nos clama pues, este caos y esta confusión monstruosa sino la verdad de estos dos estados, con una voz que es imposible resistir?

Es tan dañino para el hombre conocer a Dios sin conocer su propia miseria, que conocer su miseria sin conocer al Redentor que puede curarle de ella. Tener uno solo de estos conocimientos sin el otro, he aquí la causa del orgullo de los filósofos, que han conocido a Dios, y no a su propia miseria, o la desesperación de los ateos, que conocen su miseria sin conocer al Redentor.
Las condiciones más cómodas para vivir según el mundo, son las más difíciles para vivir según Dios; y, al contrario, nada es tan difícil, según el mundo, como la vida religiosa; nada es más fácil, según Dios; nada es tan cómodo como un gran empleo y grandes bienes, según el mundo; nada más difícil que vivir en él según Dios., y sin tomar en él parte y gusto.

Los filósofos no saben prescribir sentimientos proporcionados a los dos estados. Inspiran movimientos de grandeza pura, y éste no es el estado del hombre. Inspiran movimientos de bajeza pura, y éste no es el estado del hombre. Necesarios son los movimientos de bajeza, no de naturaleza, sino de penitencia. No para permanecer en ellos, sino para ir a la grandeza, no de mérito, sino de gracia, y después de haber pasado por la bajeza.

No es necesario ser un espíritu muy cultivado para comprender que no hay aquí abajo satisfacción verdadera y sólida; que todos nuestros placeres no son otra cosa que vanidad; que nuestros males son infinitos; y que, en fin, la muerte que nos amenaza en todos los instantes debe infaliblemente colocarnos dentro de pocos años en la infalible realidad de ser eternamente aniquilados o desgraciados.

Yo no sé quién me ha traído al mundo, ni lo que es el mundo, ni lo que soy yo mismo. Permanezco en una ignorancia terrible de todas las cosas. No sé lo que es mi cuerpo, ni mis sentidos, ni mi alma, ni esta parte de mí mismo que piensa lo que estoy diciendo y que reflexiona sobre todo, y sobre sí misma, y que, por otra parte, no se conoce tampoco. Veo estos espantosos espacios del Universo que encierran, y me encuentro ligado a un rincón de esta vasta extensión , sin que sepa por qué estoy colocado en este lugar y no en otro, ni por qué este poco tiempo que me es dado vivir me ha sido asignado a este punto, y no a otro, de toda la eternidad que me precede y de toda la que me sigue.

Nada es tan importante al hombre como su estado; nada le es tan temible como la eternidad; a sí, el hecho de que se encuentren hombres tan indiferentes a la pérdida de su estado y al peligro de una eternidad de miserias, no es cosa natural. Bien diferentes son respecto a las demás cosas; temen las más ligeras, las prevén, las sienten; y ese mismo hombre que pasa los días y las noches en la desesperación por la pérdida de su empleo, o por alguna ofensa imaginaria a su honor, es el mismo que sin inquietud y sin emoción sabe que va a perderlo todo a su muerte. Es una cosa monstruosa ver a un mismo corazón, y a un mismo tiempo, esta susceptibilidad ante las menores cosas y esta extraña impasibilidad ante las mas grandes.

Los hombre no aman naturalmente sino aquello que puede serles útil. ¿Qué ventaja hay para nosotros en oír decir a un hombre que él ha sacudido el yugo, que no cree que haya un Dios que vele por nuestras acciones, y que se considera como el único señor de su conducta y que no piensa rendir cuentas sino a sí mismo? ¿Juzga él, por ventura, que esto nos llevará a nosotros a tener, en adelante, confianza en él y a esperar sus consuelos, sus socorros o sus consejos, en las necesidades de la vida? ¿Pretenden los que dicen tal, darnos mucho gusto cuando nos cuentan que nuestra alma no es más que un poco de viento y humo, y así nos lo cuentan con un tono de voz satisfecho y alegre? ¿No es al contrario, una cosa que debiera decirse tristemente, como la cosa más triste que existe en el mundo?

No viendo la verdad entera, no han podido llegar a la perfecta virtud. Considerando los unos la naturaleza como incorrupta, los otros como irreparable, no han podido huir del orgullo o de la pereza, que son la fuente de todos los vicios, puesto que no pueden hacer otra cosa sino abandonarse en la cobardía o crecerse en el orgullo. Porque, si conocen la excelencia del hombre, ignoran su corrupción; de suerte que si evitan la pereza se pierden en la soberbia. Y si reconocen la flaqueza de la naturaleza, ignoran su dignidad; de suerte que pueden evitar la vanidad, pero se precipitan en la desesperación.

Cartas de Ricardo Cano Gaviria a Elsy Rosas Crespo

7 Feb

Hace diez años estaba terminando el segundo año de la maestría en Literatura Hispanoamericana en en Instituto Caro y Cuervo, en ese tiempo el director del Insitituto era el profesor Ignacio Chávez Cuevas y mi directora de Trabajo de Grado la profesora Hélène Pouliquén. El titulo de la monografía es Dos tomas de posición en el campo literario colombiano actual: Fernando Vallejo y Ricardo Cano Gaviria. Ricardo Cano Gaviria vino a Colombia a un Congreso organizado por el Instituto Caro y Cuervo y allí lo conocí, le hice saber que me interesaba estudiar su obra y él se puso a mi total disposición para colaborarme. El viajó a España y yo me quedé en Colombia, nuestra “amistad” fue virtual y a través de unos inocentes e-mail se desató una historia que vale la pena volver a recordar:

1. Cuando lo conocí el trabajo no había avanzado mucho y la imagen que yo tenía de él y de su obra era muy favorecedora.

2. A medida que pasaba el tiempo y yo ahondaba en el estudio de la obra de los autores descubría que Fernando Vallejo era quien me sorprendía más -de manera positiva, claro- y eso a Ricardo cano Gaviria le molestaba mucho.

3. Llegó un momento en el que él tenía claro que yo no iba a “defender” su obra ni su toma de posición y optó por hablar con el director del Instituto Caro y Cuervo para que me sancionaran por “atacarlo”.

4. Yo tuve que dar cuenta de lo que estaba haciendo y defender mi trabajo, poner en claro que la honestidad intelectual y la rigurosidad deben estar por encima de la amistad, si es que se podía llamar amistad a un intercambio de correos electrónicos con una persona a la que vi sólo dos veces.

5. Las cartas de Ricardo Cano Gaviria se hicieron más extensas, agresivas, nerviosas, insistentes, tanto que cada vez que las leía veía un relato epistolar con inicio, nudo y deselance, estaba segura de que las haría pasar por ficción.

6. Las publiqué cambiando los nombres de los dos para que las Cartas no se vieran como una simple pelea entre un escritor y su crítica.

7. Titulé la colección de cartas con un nombre muy diciente para mí en esa época: Cartas del inquisidor, las envié a la revista Crítica y las publicaron. Anoche, para sorpresa mía, noté que las cartas fueron borradas, sospecho que Ricardo Cano Gaviria descubrió ahí su pluma, pidió que fueran retiradas y las retiraron.

8. La obra de Ricardo Cano Gaviria dejó de interesarme desde hace unos cuatro o cinco años, lo último que leí de él fue El hombre que rezó a Baudelaire.

9. Di por terminada nuestra disputa hace mucho tiempo pero tenía claro, me lo había prometido, que diez años después de haber iniciado nuestro intercambio epistolar yo explicaría los detalles y le cambiaría el título al “cuento”:

Las cartas que a continuación transcribo fueron enviadas a mí -vía internet- por Ricardo Cano Gaviria (un escritor colombiano radicado en Barcelona desde hace más de treinta años) mientras yo escribía una monografía sobre literatura colombiana contemporánea. Pueden ser leídas como un relato epistolar con visos literarios (no precisamente gracias a mis dotes como artista) o como una serie de fragmentos de cartas inéditas publicadas sin autorización de su autor.

¿Las cartas pertenecen a quien las envía o a quien las recibe? Yo, como es obvio, creo en la segunda opción y acepto como justos los reproches que me hagan quienes conozcan y aprecien las obras de Cano Gaviria y con mayor razón los de sus amigos colombianos; seguramente -y por paradójico que pueda parecer- serán ellos los primeros en sorprenderse cuando lo descubran en ataque directo en contra de una estudiante a quien no era necesario intentar eliminar en una lucha tan desigual.

Las coléricas mudanzas de mi corresponsal se instalan entre lo sublime y lo ridículo (no sobra recordar que “de lo sublime a lo ridículo sólo hay un paso”) y en los momentos de mayor desilusión reveló lo que apenas se insinuaba en las primeras cartas. A medida que aumentaba su irritación eran más notorias las semejanzas entre su escritura y la de algunos personajes de sus novelas, este detalle me puso sobre aviso y entonces decidí publicar las cartas para compartir mi hallazgo con los lectores.

La selección parte del siguiente principio: se le da prelación a lo literario sobre lo biográfico, a las ideas sobre las acciones y a las acciones sobre las personas; en pocas palabras, los lectores no encontrarán detalles de la vida privada del escritor, sino apenas una síntesis de ideas que se podría resumir a través del siguiente interrogante, pensando siempre en los argumentos de Cano Gaviria: ¿es posible hacer crítica literaria cuando el crítico se pone en contacto con el autor de la obra que estudia y éste, de manera generosa, se ofrece para ayudarle a interpretarla sin ningún tipo de “interés”?

En las últimas cartas Durán se empeña en insistir en que yo no leí una de sus galardonadas novelas, bajo este argumento crea una serie de ficciones y comentarios que sólo podrían surgir de una mente tan talentosa como la suya. La otra ficción creada por Durán consiste en suponer que yo trabajo con un grupo interdisciplinario y tengo asesores de imagen.

Septiembre 2 de 2001

Querida Elsy,

Al fin he recibido tu mensaje, estando ya de regreso en casa, y sólo he podido leerlo parcialmente porque aparece con muchas letras cambiadas.

Me limito a decirte ahora que todo lo que me cuentas acerca de tu interés por mis obras publicadas es muy estimulante para mí. Acerca de tu intención de utilizar la primera edición de mi novela para tu trabajo, es perfectamente legítima, pues una vez publicados los libros pasan a un dominio en el que el autor sólo puede hacer recomendaciones… es un derecho tuyo hacer lo que más te convenga. Entiendo, por otra parte, que dispones de poco tiempo para entrar a comparar las dos versiones. Finalmente, si puedo ayudarte en algo cuenta conmigo y no dejes de comunicármelo.

Septiembre 16 de 2001

… Escribir cartas puede convertirse en una actividad compulsiva, perversa y hasta peligrosa. Al final de la novela se alude a esos enfermos epistolares que hacen reales sus fantasías en sus cartas; si se añade esto a la idea de que la carta en la novela es la base de un voyerismo, de un mirar en la intimidad ajena y que el juego consiste en entrar a saco en el otro, pero considerado como un juego de moda, es decir, como algo aceptado aunque irregular, tenemos la base para plantear la praxis misma de la escritura como un acto perverso…

Por otro lado, creo que en la novela hay muchas cosas anormales o perversas, pero en el caso del personaje que mencionas, que actúa como catalizador de las desviaciones ajenas, su desviación tiene que ver con su defecto físico…

Finalmente, ten en cuenta que al decirte estas cosas yo actúo, más que como autor, como lector de mí mismo, actividad que es un poco anómala…

… Creo que hay que tener una perspectiva sobre lo que se escribe, y en mi caso creo que no la tendría si escribiera sobre hechos más actuales. Es más fácil llegar a ellos a través del periodismo, y no quiero caer en la trampa de utilizar a la novela como un sucedáneo del periodismo, o viceversa. Pero lo decisivo aquí es la perspectiva; el ejemplo de los clásicos de siglo XIX es fundamental; tanto Flaubert como Stendhal tuvieron que esperar a tener una perspectiva que les permitiera ver los hechos en pasado cuando quisieron ocuparse de algunos que habían vivido ellos mismos, como fueron la revolución del 48 y las guerras napoleónicas…

¿Los escritores que en Colombia escriben sobre el narcotráfico posiblemente son mejores que Flaubert o Stendhal, por no haber tenido que guardar esta regla? El tiempo lo dirá.

Octubre 18 de 2001

Estimada Elsy,

Estoy desolado… Te había escrito un larga carta y se me borró. Ahora no puedo reconstruírtela. Te la resumo telegráficamente: acerca de tu desconcierto por mis opiniones sobre lo que escribo, te decía que no tiene razón de ser; utiliza lo que te digo cuando te sirva y cuando no, lo dejas de lado y ya está.

Tus cambios se deben quizá a que esperas que los personajes sean totalmente negativos o totalmente positivos; pero la verdad es que tienen los dos signos, porque están vivos.

Noviembre 13 de 2001

Querida Elsy,

… Cuando escribí la novela no pensaba en ese cuadro, sino en otro. Luego, al revisarlos todos reparé en el que mencionas, que ya conocía, y supe que estaba inspirado en un caso real, de una joven que se volvió loca por amor, pero sin pensar en ese poema, que no recuerdo haber leído, esa es la verdad pura y simple.

De todos modos, aunque eso haya sido así, creo que no invalida tu interpretación, que me parece muy sugerente… En última instancia, esa interpretación y la que parte del poema no se contradicen y hasta es posible que en última instancia se apoyen.

Enero 11 de 2002

Querida Elsy,

Espero que estés bien.

Ah, no se me había ocurrido que pensaras en las otras cosas mías.
Tienen en común que no se parecen a nada de lo que se escribe en Colombia, he ahí un bonito tema.

Febrero 13 de 2002

Querida Elsy,

Disculpa que esta vez haya tardado tanto en responderte. Te prometo que en cuanto pueda te mandaré todo lo que encuentre sobre mi “biografía”, si así puede llamarse…

Mientras tanto, opino que eres muy generosa al ocuparte tanto de mis escritos… Espero que te encuentres bien y con ganas de trabajar…

Por cierto, ¿Cuál es el trabajo que te quita tanto tiempo?

Me gusta saber de la gente que tengo cerca…

Febrero 26 de 2002

Querida Elsy,

Nosotros empezamos a estar bien después de unos días bastante difíciles; aún no he podido mirar nada acerca de mi biografía… Hay una entrevista que salió en la televisión de Colombia en la que menciono algunos detalles; no sé si tienen mucha importancia; yo creo, en ese punto, que hay dos tipos de escritores; los que tienen biografía y los que no; en el primer caso Conrad, en el segundo Borges; si Conrad no hubiera sido hombre de mar, no hubiera podido escribir las novelas que escribió; pero nadie imagina que Borges hubiera debido tener grandes experiencias para escribir lo que escribió…

De todos modos, la línea divisoria a lo mejor no es tajante y se admiten ejemplos en los que se mezclan los dos modelos; pero yo estoy en este punto sin duda más cerca de Borges que de Conrad…

Abril 7 de 2002

Querida Elsy,

Espero que estés bien.

No recuerdo exactamente tu último mensaje, creo que me hablabas de la publicación de un texto sobre mis obras en una revista mexicana. Espero que me mandes una copia, o al menos una fotocopia.

Yo estoy desde hace días calentando motores, ni sé bien para qué, si para una nueva novela o para darle el toque que le falta a la que ya tengo desde hace años acabada pero que no me he decidido a publicar. Ganas de escribir tengo muchas, lo que me hace falta es tiempo y tranquilidad.

Como ves, todos tenemos problemas gordos que resolver para intentar al menos hacer lo que queremos o más nos gusta.

Abril 30 de 2002

Querida Elsy,

Me alegra mucho que tu trabajo siga adelante, no tanto por mí como por ti. Me gusta que la gente que está cerca de mí alcance sus objetivos, acaso porque yo atravesé una vez una época en la que no avanzaba y me sentía estancado, cosa que considero muy insana…

Respecto a tu artículo, ¿No te parece absolutamente natural que si escribes algo sobre mis cosas, y lo publicas, yo quiera leerlo? Ahora bien, prefiero hacerlo cuando tú lo decidas, no tengo ningún inconveniente en esperar.

Mientras tanto, te deseo mucha suerte.

Mayo 23 de 2002

Querida Elsy,

He tenido que esperar varios días para leer tu artículo, que me ha sorprendido muy agradablemente. Me parece que abre muchas puertas y que maneja muy buenas referencias y bibliografías. Sólo tengo una sugerencia que hacerte: deberías ampliarlo un poco más, se acaba muy pronto.

Muchas gracias por tu artículo, por el que te felicito, y con el que disfruté mucho.

Julio 25 de 2002

Querida Elsy,

… Reivindico mi derecho a figurar entre los melancólicos, lo quieras o no: la relación es tan evidente que no entiendo cómo se te ha pasado por alto… Imposible e inadmisible… Me sublevo. ¡Quiero estar en los dos grupos! ¡Y si no es posible en los dos, entonces en el de los melancólicos!

Bromas aparte (que no son del todo bromas) me alegra que te hayan pedido ese texto y sólo quisiera que a la hora de escribirlo, te deshicieras un poco de los esquemas. Creo que es un buen consejo el que te doy; los esquemas a veces no sirven más que para evitar descubrir la realidad; hay que usarlos con cautela… Mira si no lo que te pasa con eso de la melancolía: tienes a un melancólico agarrado al cuello y te pones a buscarlo debajo de la cama. Una posibilidad sería la de desarrollar más la línea del texto que me mandaste, que sólo parecía un esbozo… Mi postura es la de la ruptura y por ahí tienes una buena línea de entrada…
A mí me han escrito para que participe también en ese libro, pero no entiendo muy bien cuál es el planteamiento y les he respondido que antes de aceptar necesito más datos.

No sé si te conté que una de mis novelas salió en portugués y han publicado en Lisboa, que junto a París es la ciudad más bella del mundo, unas entrevistas y reseñas de las cuales te mando la única que tengo en versión electrónica: tiene algunos datos biográficos que te sorprenderán.

Bueno, espero que esté bien, con el abrazo de siempre.

Julio 30 de 2002

Querida Elsy,

1) ¿Es cierto como me dijiste en carta anterior, que te han pedido un trabajo sobre mis cosas? ¿Sigue en pie esa petición? ¿Vas a redactar ese trabajo para ellos y ellos lo van a publicar?

2) para mí es fundamental saber esto a la hora de decidir si escribo lo que me piden o no… No quiero aparecer en un volumen sobre literatura como crítico y no como narrador; en cualquier caso como narrador y crítico, o sólo como narrador…
Te ruego me respondas lo más pronto posible…

Septiembre 4 de 2002

Querida Elsy,

Gracias por mandarme tu texto; convendrás en que tu correspondencia sobre lo que escribías sobre mí ha sido muy incoherente, sembrada de comentarios ambiguos, lo cual no ha hecho más que sembrar en mí el desconcierto; y tenía yo razón en mis temores acerca de las conclusiones a las que te llevaría tu clasificación: si bien me equivoqué al detectar la fuente, no me equivoqué al presentir por dónde iban los tiros, ni en sospechar que, si sólo me habías mandado un fragmento de tu trabajo, debía ser porque en el resto había cosas que evidentemente no me iban a gustar.

Respecto a la forma como te ocupas de mis escritos, tengo que decirte que, así como en otros trabajos que se han escrito sobre mí se ha afinado muy bien, lo tuyo me parece bastante desafinado. Y aquí tenemos que sincerarnos; tú me puedes pedir ayuda siempre y cuando mantengas la objetividad, y tus clasificaciones no sean ni alabatorias ni condenatorias, ni mucho menos que parezcan hechas para darle gusto quién sabe a quién, pero lo que no puedes pedirme es que yo te ayude a escribir contra lo que yo mismo escribo. Yo prefiero que seamos amigos y escribas lo que quieras sobre mí, pero no me pidas que te ayude a sostener cosas inspiradas en mi opinión por lecturas muy mal digeridas…

Bueno, espero que no lo tomes a mal, deseo simplemente que te encuentres a ti misma. Y, sobre todo, no vayas a pensar que estoy enojado; sólo sorprendido y un poco decepcionado. Tampoco te vayas a sentir desalentada en tu trabajo… Lo que ocurre tal vez es que hay que tener una cierta afinidad con la obra de un autor para poder interpretarla y entenderla; yo no percibo que tengas mucha afinidad con mis escritos, mientras que sospecho que la tienes con los de otros autores, por cierto, no muy parecidos a mí.

Abrazos.

P-D:

para finalizar, te hago sobre todo una recomendación: cuando en una investigación o lo que sea te hagas una pregunta, procura que esté bien formulada y que no sea una pregunta tramposa: llamo pregunta tramposa aquella que se responde a sí misma con una manera falseada de plantear las cosas; las preguntas hay que hacerlas limpiamente, de modo que permitan respuestas limpias y nuevas. Por ejemplo, si tú le dices a alguien acerca de un libro: “Dime sinceramente cómo te pareció”, aquí hay una pregunta limpia que permite una respuesta nueva; pero si tú le preguntas: “¿verdad que este libro es pretencioso y falso?”, esta es una pregunta sucia, que no permite una respuesta nueva.

Septiembre 14 de 2002

Hola Elsy,

Me encuentras en línea, y te respondo en caliente. Creo que mi último mensaje dejó muy claro que no esperaba que escribieras elogiándome… No sé por qué te cuesta tanto entender que eres libre de escribir y publicar sobre mí lo que quieras, yendo por tu cuenta, pero en el momento en que te pones en contacto conmigo, adquieres un compromiso mínimo, y es el de no escribir elogiando lo que escribo, pero tampoco echándolo por tierra. Simplemente siendo objetiva: es más, personalmente no creo que estés convencida de lo que has escrito, pues todavía no tienes criterios (es normal, te falta aprender muchas cosas), y estoy convencido de que tus opiniones negativas provienen de otras personas; escribes lo que has oído comentar, y lo has puesto ahí para parecer seria y crítica. Quienes te asesoran han abusado de ti, en el sentido de que te ha inducido a escribir esas cosas a sabiendas de que no eran tus opiniones sino las de ellos. Es más, no te han aconsejado bien si han sido incapaces de explicarte que una cosa es consignar esas opiniones en un manuscrito y otra cosa más grave es publicarlas: la publicación es algo muy serio, que requiere que uno sea incapaz de escribir tan crudamente sobre algo que ni siquiera ha leído.

Finalmente, no tengo nada contra ti, no tenemos por qué pelearnos, si trazamos una línea de separación entre lo profesional y lo personal: no mezclamos las dos cosas, nos servirá a los dos: mi discrepancia es profesional no personal, y no sabes cuánto admiro tus esfuerzos por estudiar y hasta qué punto te deseo buena suerte. Pero, en lo profesional, no puedo ser cómplice de una forma de trabajar tan irresponsable; supongo que todavía no has pensado en el daño que le puedes hacer a otra persona haciendo públicas opiniones negativas tan poco meditadas y tan superficiales (¿qué más superficial que lo que has escrito sobre una novela mía si leerla?)

Creo que te harías un favor a ti misma si fueras un poco más responsable, si maduraras un poco. En cuanto a mí, si yo puedo ayudarte no dudes en decírmelo, pero no me pidas que te ayude sobre mis cosas, si no estás dispuesta a respetar un pacto mínimo, que es el de no escribir elogiando, pero tampoco destruyendo, y también esa ley de la cortesía que no hubieras violado si me hubieras consultado antes de hacer públicas las conclusiones de tus “investigaciones” sobre mis libros; ¡por lo menos me hubieras dado la oportunidad de mandártelos para que los leyeras!

Este pasaje tuyo resulta algo gracioso: “Es relativamente fácil detectar si quien escribe es amigo o no muy amigo del autor de la obra estudiada, no se arriesga mucho como lector e intérprete para no poner en peligro la amistad”. Claro, diría el autor, no arriesga mucho como lector, ¡ni siquiera lee los libros que refuta!, ¿”para no poner en peligro su amistad”? Ay Catalina, esto no hay por dónde agarrarlo…

Cuéntame mejor de tu vida, si sigues trabajando en lo mismo… El otro día encontré en Internet un anuncio que pusiste para buscar trabajo… Te deseo mucha suerte, pues yo también pasé por ahí. ¡Pero tenía más cuidado con lo que escribía sobre los demás!

Bueno, espero que todo te vaya bien, sinceramente, con un abrazo.

Septiembre 18 de 2002

Querida Elsy,

Te ruego que me mandes las referencias exactas de la revista mexicana en que publicaste el artículo sobre mí; me he enterado de que hay por lo menos tres revistas allí y no sé en cuál ocurrió el incidente; quiero pedir un ejemplar y me gustaría también tener el e-mail de los que están al frente de la misma.

Aprovecho para comentarte, por cortesía hacia ti, dos o tres cosas:

Primero; la afirmación que te hice de que habías estado mal asesorada no es gratuita; a continuación te mando el fragmento de un artículo publicado por un escritor argentino muy conocido y, sobre todo, muy preocupado por escribir desde la perspectiva ideológica y social, que es, según me parece, requisito imprescindible para que los sociocríticos se interesen por una novela. Si lees con atención y sin prejuicios este corto y condensado fragmento verás que quien lo escribe posee las dotes críticas e imaginativas necesarias, en el caso de mis libros, para que la sociocrítica no se convierta en un ejercicio escolástico destinado a proyectar nuestras frustraciones e inconfesables heridas sobre una realidad totalmente falseada; posee también el autor de ese texto las referencias literarias mínimas acerca de la cultura y la literatura francesa que resulta dable esperar también posea una persona culta de esa nacionalidad, en el caso no de una lectura inocente, sino de una lectura crítica y de “investigación” cuyo destino posible es la letra impresa…

Personalmente opino que, si bien la sociocrítica es una disciplina que está expuesta al peligro de ignorar flagrantemente que el investigador hace parte del proceso de investigación, es decir, que el investigador poco preparado puede terminar confundiendo la sombra que proyecta sobre el proyecto investigado con el objeto mismo, es de todos modos una disciplina útil; y que incluso en el caso de un libro como el mío, la lectura ideológica es no sólo posible sino también necesaria; creo que se necesita muy mala fe para no darse cuenta de que los dos protagonistas encarnan diferentes posturas ideológicas respecto a la realidad histórica del periodo de entreguerras; y más mala fe se necesita aún para no entender que entre esas dos posturas, condenadas ambas, la una por frívola y retardataria, y la otra por fantasmagórica, la postura de Piedad es la que ofrece una salida ética al callejón sin salida de entreguerras: muy mala fe, por supuesto, se necesita para no ver que la protagonista es casi una pionera del feminismo (ella reivindica entre líneas incluso el lesbianismo), y que dentro de la novela representa una clara postura a favor de un cierto compromiso ético consigo misma y con los demás.

Por eso te digo que si has sido incapaz de captar cosas tan elementales en la única novela mía que has leído con cierto interés, sin contar con que te negaste a leer la novela en la versión de Alfaguara, en la que los aspectos que acabo de señalar están todavía más resaltados, lo menos que puedo pensar es que careces, respecto a mí, de la imparcialidad o de la limpieza de espíritu que creo necesarias para ocuparse de mis escritos.

Finalmente, te confieso que cuanto más pienso en esta desagradable historia, que ya he tenido que comentar con otras personas, más imposible me parece que todas estas descalificaciones hubieran podido salir sólo de tu cabeza; es evidente que has tenido muy cerca una persona que te ha machacado una y otra vez sobre este asunto, y sólo se me antoja que esa persona ha sido precisamente quien hubiera debido llamarte la atención incluso sobre algo tan elemental como esto: que tanta descalificación en un mismo trabajo, tanto reproche mal argumentado, necesariamente tenía que volverse en contra tuya puesto que todavía creo que no ha nacido en Colombia un escritor tan malo como el que tú pretendes demostrar que soy.

A una persona por la que siento gran respeto le he contado el caso, y de la carta que le he escrito extraigo estos dos fragmentos:

1)… A lo que en realidad me estoy resistiendo es a que mi muerte literaria ocurra en un callejón oscuro y no en la plaza pública, con todos los requisitos marcados por la ley; es decir, que si he de ser eliminado por alguien como ella, quiero para mí un fusilamiento en regla y no un vulgar homicidio.

2) Ahora bien, lo que más me ha irritado de todo es que se ve claramente que había una postura previa a la lectura, es decir, que todas esas ideas eran inducidas, bien por teorías mal digeridas que en ningún momento podrían estar a la altura de algo que pudiera considerarse un estudio serio; a mi modo de ver, esto de invalidar a un escritor, incluso sin haberlo leído, responde a una andanada de prejuicios sobre la fórmula literaria que practico, prejuicios cuya inspiración provienen claramente de una disciplina crítica que prefiere las obras de evidente contenido social o ideológico, a las obras donde hay que hacer un esfuerzo imaginativo para descubrirlo. Como si se eligiera a Vargas Llosa y no a Borges, Mujica Lainez o Lezama Lima, porque en los personajes del primero los mecanismos ideológicos son más fáciles de desentrañar que en las de los segundos; a mí personalmente me preocupan mucho estos excesos que, en virtud de una rutina escolástica y falta de imaginación, canonizan a una serie de escritores de segunda categoría -no es el caso de Vargas Llosa, a quien admiro, pero sí el de Luis Sepúlveda, por aludir a alguien sobre el que se escriben muchos trabajos de sociocrítica-, mientras se dejan de lado muchos escritores que simplemente están intentando explorar nuevos horizontes. Que una tal arbitrariedad pueda plantearse ya al comienzo de un proyecto que debería estar cobijado por el máximo rigor e imparcialidad, y supeditado a una moda teórica, a mí personalmente me parece muy preocupante…”

______________

Y con esto doy por concluido este incidente, que nunca imaginé que me pudiera ocurrir, y que espero no tener que recordar en el futuro.

Te deseo mucha suerte, con un abrazo de tu amigo (a pesar de todo).

Septiembre 21 de 2002

Estimada amiga, parece que todavía tengo que explicarle algunas cosas elementales:

1) Usted puso en un compromiso a la Institución de la que forma parte al publicar algo peyorativo contra un escritor por el que esa Institución tiene aprecio, y que a su vez aprecia a dicha Institución bajo cuya sombra usted se cobijó al firmar el artículo aparecido en una revista. Es absolutamente lógico que ahora esta Institución y su director, se sienta apenado, e intente evitar que en el futuro vuelva a ocurrir algo así. ¿Que tal que cada vez que esa Institución se interese por un autor, aparezca alguien indigestado como usted y le vomite toda su indigestión en la cara, en un ensayo publicado y firmado amparándose en esa Institución?

2) Usted ha entendido sólo la mitad de lo que tiene que entender si arguye que no es nadie en el terreno de la crítica, por lo tanto sus opiniones no deben contar todavía, pues no están sedimentadas, no están confrontadas, y son de una parcialidad exacerbante. Pero la primera que tiene que actuar de acuerdo con esto es usted; y usted no lo ha hecho, al hacer públicas, valiéndose del nombre de una Institución, las elucubraciones producto de su inmadurez y falta de información: aquí es donde yo digo que debería haberse asesorado… ¿O es que esa publicación la hizo también sin contar con la opinión de nadie, como dice siempre?… Quien haya sido la persona que la asesoró y la incitó a publicar eso no le hizo a usted un favor, ni tampoco a mí, y no me atrevo a pensar que eso era lo que buscaba; prefiero pensar también en su irresponsabilidad…

3) Yo he intentado asesorarla, pero usted no ha hecho caso de ninguna de mis recomendaciones. A pesar de eso, le he ofrecido siempre mi ayuda y mi amistad; no creo que, con todos los prejuicios que tiene sobre mí (prejuicios quiere decir tomas de postura previas, sin comprobar si son ciertas o no), no está en la situación de cualquier investigador que elija a un escritor para trabajar sobre él.

Desde este punto de vista, cada vez entiendo menos por qué usted me ha elegido a mí. Normalmente, los críticos eligen para sus trabajos a un escritor que les interesa por algo: o les gusta como escribe, o lo que dice, etc. pero no lo eligen porque no les gusta. Eso yo no lo había vista nunca: usted ha inventado una fórmula nueva, la elección de un escritor malo, para escribir contra él; pero en su invento hay algo que no funciona: si usted elige a un escritor en su tesis para escribir contra él, porque le parece muy burgués, procure no ponerse en contacto con él, ni presentarse como su amiga, pues cuando se descubra el embrollo, como se ha descubierto ahora, por mucho que usted haya intentado taparlo, el escritor en cuestión se va a sentir burlado, y usted quedará como quien ha engañado a alguien que ha actuado de buena fe.

4) Yo no estoy llorando por lo ocurrido, esté tranquila. Sí le confieso, en cambio, que cada vez que pienso en esta historia mi asombro se multiplica incrementando mi irritación. Tengo mucho trabajo y estoy perdiendo tiempo con esta historia, que decidí poner en manos de otros, no fuera que usted tuviera otras publicaciones en marcha sobre mí o sobre otros escritores aristocráticos y burgueses a los que quiera destruir con la misma arbitrariedad y falta de responsabilidad, amparándose en la misma Institución. Además, estaba en juego un famoso proyecto editorial, un proyecto muy serio, que no se puede poner en manos de alguien que, como usted, antes que dar lecciones, tiene que recibirlas…

5) Así y todo, querida amiga, le deseo buena suerte. Y le confieso que el trabajo suyo no lo leí entero la primera vez… Fue cuando me escribió ese segundo mensaje en que me dio a entender que no había entendido nada de nada, cuando lo leí entero y me quedé horrorizado. De todo lo que se ha escrito sobre mí, hay un diez por ciento de cosas que son reticentes o poco entusiastas; lo suyo es demoledor. Tiene usted el récord; por mi bien espero nadie lo supere.

Finalmente, le desaconsejo que vuelva a involucrarse en un proyecto literario cargada de tanto odio y resentimiento. El odio y el resentimiento sólo son un buen tema para los grandes escritores, como Dante, que son los que llegan a hacer con ellos algo sublime; los pequeños, como nosotros, cuando están resentidos, sólo hacen el ridículo. Intente encontrar un escritor sobre el que sienta entusiasmo, y dediquese a él; eso le evitará que se equivoque más juzgando a escritores aún vivos…

La calidad estética de una obra no se puede juzgar ni por la extracción social de su autor, ni por la carga ideológica que ella tenga, sino por algo que está más allá, y si usted no lo descubre pronto habrá perdido todo su tiempo y acabará convertida en una profesora que “interpreta” libros con el mismo desafecto e indiferencia con que otro despluma gallinas. Sin descubrir nada en ellos, y por el placer de la simple rutina. O por sentir que tiene algún poder sobre un objeto inerte, un libro.

Bueno, creo que ya le he escrito bastante, y ya estoy cansado de esta historia. Abrazos.

P-D. No he intentado hacerla quedar mal, más de lo que usted se ha hecho quedar por su propio mérito, o el de lo que publicó. Al contrario, he intentado disculparla atribuyendo parte de lo ocurrido a su falta de seriedad y diciendo que usted estaba mal asesorada… Así pues, no tenga miedo de mí en ese sentido, ni intente hacerme creer que me aprecia más de lo que me aprecia para que yo no vaya a proceder contra usted. No es necesario. No haré nada más de lo que ya he hecho y era mi obligación hacer, por lealtad y responsabilidad hacia una Institución; no porque quiera perjudicarla a usted.

¿Por qué no podría ser columnista?

7 Feb

Este año me invitaron a ser columnista y acepté, me preguntaron si quería publicar mi columna cada ocho días o cada quince y yo respondí sin dudar: “cada ocho días”. Quería escribir -claro- sobre procesos de escritura en las redes sociales, tenía mucho que decir y lo diría y empecé a escribir mi columna semanal. Cuando había escrito cuatro o cinco profundas reflexiones sobre Twitter, twitteros y tweets sentí que a medida que publicaba se agotaban las ideas y que no podía fallarme a mí misma, no podía olvidar que me había prometido muy joven -a los nueve años- no repetir lo mismo cien veces por plata, prestigio, orgullo u obligación y que sería una tontería ceder a los cuarenta.

Después de haber publicado menos de diez textos le escribí a quien me había invitado a ser columnista: “Pensé que tenía mucho que decir pero no era cierto y no quiero escribir sin deseo, no quiero escribir por escribir, no quiero posar de intelectual, inteligente, crítica, contestataria, informada o actualizada, no quiero parecer forzada como casi todos los columnistas en algún momento de su triste carrera”.

A veces pienso en los columnistas por contrato y siento escalofrio, una semana se pasa muy rápido y no cambia mucho el panorama como para que todos los pensadores tengan algo que decir, algo tan bien pensado que ponga en actitud reflexiva a sus lectores. También pienso en María Isabel Rueda: todos los días en W Radio Colombia anuncian a la “pensadora” con un “Y mientras tanto, ¿qué se estará preguntando María Isabel?”. María Isabel Rueda no me parece precisamente la gran pensadora colombiana pero ella se obliga a hacerse dos o tres preguntas trascendentales cada mañana. Yo no podría vivir así, el mejor tiempo es el que transcurre tranquilamente y creo que las grandes ideas, las grandes preguntas, los grandes pensamientos, aparecen en el momento menos pensado, sin que lo planeemos, sin que nos paguen por pensar.

¿Por qué no podría ser escritora profesional?

7 Feb

Un escritor profesional es una persona -hombre o mujer- que escribe mínimo un libro al año y vive de la literatura. Yo tengo un amigo escritor profesional, él era un compositor compulsivo de cuentos y novelas y con todas sus composiciones participaba en concursos literarios nacionales e internacionales. Al comienzo no le iba bien y no se quejaba, al contrario, se sentía muy bien, estaba seguro de que él escribía para la posteridad, como Joyce, sabía que era un adelantado, un visionario, un hombre incomprendido como todos los grandes Maestros. Un día ganó un concurso nacional y todo cambió, ahora creía que él escribía libros sencillos porque quería gozar el aquí y el ahora, como Umberto Eco, su nuevo maestro, admirador ferviente de James Joyce, en todo caso.

Cuando mi amigo ganó el premio nacional de novela me llamó para compartir su dicha y para que yo fuera al lanzamiento oficial de la memorable obra, ese acontecimiento se repitió varias veces pero yo sólo asistí a dos y vi a mi amigo convertido en un escritor profesional. Un escritor profesional trabaja para un editorial y firma un contrato en el que se compromete a escribir cierta cantidad de libros durante determinado tiempo, cuando el libro se publica el autor tiene que asistir al lanzamiento, conversar con otro artista sobre el proceso creador, debe leer un fragmento de su creación en público, responder preguntas repetidas en el lanzamiento y en algunos medios como la televisión y la radio y debe autografiar los libros con dedicatoria o sonrisa encantadora. Vi haciendo todo eso a Fernando Vallejo cuando vino a Bogotá al lanzamiento de su última novela: El don de la vida, lo hizo como todos aunque yo no pienso en Fernando Vallejo como en un escritor profesional.

Conozco a otro escritor profesional, él no es amigo mío pero le fue mucho mejor, ganó un premio internacional después de haber intentado durante mucho tiempo sin éxito. Era un hombre triste, viejo, resignado y muy crítico con los escritores profesionales, se jactaba de no ir a cocteles, de no formar parte de grupúsculos de amigotes que pasan su vida premiándose en un ritual obsceno de elogio mutuo, él era un artista honesto y con eso le bastaba, era un lector que escribía porque no le quedaba más alternativa, porque para él escribir era como orinar, un acto fisiológico: lo hacía o explotaba. Ese mismo señor ahora es uno de los escritores colombianos más internacionalizados, cambió su forma de vestir, su actitud, su forma de cruzar la pierna y ahora bebe y sonríe como los demás, acepta entrevistas, viaja por todo el mundo para hablar de literatura y es feliz. Yo lo prefería antes, cuando se jactaba de no ser un escritor profesional.

Errores frecuentes de los tuiteros

7 Feb

1. Haber nacido.

2. Haber creado una cuenta en Twitter

3. Escoger como nombre de usuario: @EnTuSpEsADiLlAs

4. Describirse en la bio como: Creé esta cuenta para responder ¡SÍ! cuando me pregunten si tengo cuenta en Twitter.

5. No tener nada que decir y decirlo (con muchos errores de ortografía).

6. Hacerse bloquear de @ensayista.

7. No saber quién es @ensayista.

8. Posar de poeta.

9. Posar de filósofo.

10. Posar de politólogo.

11. Posar de indignado.

12. Mendigar amor.

13. Mendigar amistad.

14. Mendigar trabajo.

15. Mendigar menciones.

16. Asistir a eventos para tuiteros.

 

Las mejores frases de Raymond Chandler

7 Feb

Ganar delicadeza sin perder fuerza, ése es el problema.

Cuando más dura la ironía, menos enérgico tendrá que ser el modo en que se lo diga.

La historia y la crítica literarias están tan llenas de jactancia y deshonestidad como la historia en general.

Una gran proporción de la literatura que ha sobrevivido ha tenido que ver con distintas formas de muerte violenta.

La frase con alambre de púas, la palabra laboriosamente rara, la afectación intelectual del estilo, son todos trucos divertidos, pero inútiles.

Por superficiales y accidentadas que sean la mayoría de las amistades, la vida es un asunto bastante sombrío sin ellas.

Soy estrictamente del tipo de los que se quedan al fondo, y mi carácter es una mezcla no llevadera de indiferencia exterior y arrogancia interior.

Una vez le escribí, en un estado de ánimo sarcástico, que las técnicas de ficción se habían estandarizado tanto que uno de estos días una máquina escribiría novelas.

Uno puede preferir un barrio de vida libre y fácil donde rompan las botellas vacías en la acera los sábados por la noche. Pero en la práctica no es muy cómodo.

La parte más difícil de su técnica era la capacidad de crear situaciones que estaban en el límite de lo inverosímil, pero que en la lectura parecían lo bastante reales.

Pienso que algunos escritores se sienten obligados a escribir en frases rebuscadas como compensación por una carencia de alguna clase de emoción animal natural.

Nuestro autor radial vino una vez a verme aquí y se sentó frente a esta ventana y lloró de lo hermosa que encontraba la vista. Pero nosotros vivimos aquí, y al diablo con la vista.

Me gusta la gente con modales, algo de intuición social, una educación ligeramente por encima del Readers Digest, gente cuyo orgullo de vivir no se exprese en sus aparatos de cocina o sus automóviles.

Tengo una historia en mente que espero escribir antes de morirme. No tendrá casi nada de dureza en la superficie. pero la actitud de mandarlo todo al infierno, que en mí no es una pose, probablemente aparecerá de todos modos.

¿Qué hago en mi vida cotidiana? Escribo cuando puedo y no escribo cuando no puedo; siempre por la mañana o en la primera parte del día. De noche, uno tiene ideas muy brillantes, pero no se sostienen. Esto lo descubrí hace mucho.

Odio la publicidad, sinceramente. He pasado por la piedra de molino de las entrevistas y las considero una pérdida de tiempo. El tipo que encuentro en esas entrevistas haciéndose pasar por mí suele ser un engreído al que no me gustaría conocer.

Creo que escribiré una novela policiaca a la inglesa, sobre el portero Jones y dos hermanas ancianas en esa cabaña de techo a dos aguas, algo que tenga latín y música y muebles de época y un caballero auténtico; uno de esos libros en los que todos salen a dar largas caminatas.

La mortal repetición de palabras favoritas hasta que a uno le hacen gritar de impaciencia. Y las palabras favoritas son siempre pequeñas palabritas a medias arcaicas como jejuney umbrage y vouchsafe, ninguna de las cuales la persona de educación media podría siquiera definir correctamente.

Los norteamericanos, al tener la civilización más compleja que haya visto el mundo, siguen queriendo verse como un pueblo simple. En otras palabras, les gusta pensar que el artista de cómics es mejor dibujante que Leonardo, sólo porque es un artista de cómics, y el cómic está dirigido a la gente simple.

Es horrible admirar el libro de un hombre y después conocerlo, y destruir todo el placer que causó su obra con unas pocas posturas egocéntricas, de modo que no sólo a uno le disgusta su personalidad, sino que nunca puede volver a leer nada de él con una mente abierta. Su pequeño ego malo siempre está espiándolo a uno detrás de las palabras.

La mayoría de los escritores son gente tan fea que sus caras destruyen un sentimiento que quizá podría haberles sido favorables. Quizá soy demasiado sensible, pero varias veces me he sentido tan repugnado por esas caras que no he podido leer los libros sin que la cara se interpusiera. Especialmente esas caras de mujeres maduras gordas con ojos de cuervo.

Otros escritores están haciendo cosas todo el tiempo (charlas en ferias del libro, giras de firmas de autógrafos, conferencias, difusión de sus personalidades en tontas entrevistas) que, no puedo evitar pensarlo, los hacen parecer un poco baratos. Para ellos es parte del oficio, para mí, es lo que lo vuelve un oficio.

Cada cosa que uno alcanza elimina un motivo para querer alcanzar algo más. ¿Quiero ser un gran escritor? ¿Quiero ganar el premio Nobel? No si es demasiado trabajo. Qué diablos, les dan el premio Nobel a demasiados mediocres para que me interese. Además, tendría que ir a Suecia y ponerme un frac y pronunciar un discurso. ¿El premio Nobel vale todo eso? Diablos, no.

¿Por qué diablos esos idiotas editores no dejan de poner fotos de escritores en sus sobrecubiertas? Compré un libro perfectamente bueno… estaba dispuesto a que me gustara, había leído sobre él y entonces le echo una mirada a la foto del tipo y es obviamente un completo imbécil, una basura realmente abrumadora (fotogénicamente hablando) y no puedo leer el maldito libro.

Un personaje en primera persona tiene la desventaja de que debe ser mejor persona para el lector que lo es para sí mismo. Demasiados personajes en primera persona dan una impresión ofensivamente engreída. Eso está mal. Para evitarlo, no siempre deben darle a él la réplica de impacto o la réplica final. Ni siquiera con frecuencia. Que otros personajes se lleven los aplausos. Que él se quede sin chistes, en la medida de lo posible.

Mi experiencia en ayudar a la gente a escribir ha sido limitada pero en extremo intensiva. Lo he hecho todo, desde dar dinero a futuros escritores para que vivan, hasta darles argumentos y reescribir sus textos, y hasta el momento no ha servido para nada. La gente que Dios o la naturaleza quiso que fueran escritores encuentran sus propias respuestas, y los que tienen que preguntar es imposible ayudarlos. Son simplemente gente que quiere ser escritora.

Declarando audazmente que harían a un lado todo optimismo ficticio, eligen automáticamente el aspecto oscuro de las cosas para no correr riesgos; como resultado, lo desagradable se asocia en sus mentes con la verdad, y si quieren producir un retrato sin defectos de un hombre, todo lo que tienen que hacer es pintar sus debilidades y después, aunque no sea más que para propiciar el instinto de bondad remanente por descuido en sus corazones, explicar que sus defectos son la consecuencia inevitable de un plan de vida equivocado.

La verdad en el arte, como en otras cosas, no debería buscarse mediante ese proceso de agotamiento alentado tan fatalmente en nuestro tiempo por los pedantes de la ciencia, y por la falacia de que se lo descubrirá considerando todas las posibilidades: un método que reniega de la intuición y de todos los mejores instintos del alma para recibir a cambio un puñado de teorías que, comparadas con las formas infinitas de la verdad inmortal conocida por los dioses, son como un puñado de guijarros respecto de mil kilómetros de playa cubierta de guijarros.

No puede planearse una buena historia; tiene que destilarse. A largo plazo, por poco que uno hable sobre el tema, lo más durable en lo que se escribe es el estilo, y el estilo es la más valiosa inversión que puede hacer un escritor con su tiempo. Las ventas se demoran, el agente se burla, el editor no entiende, y se necesitará gente de la que uno nunca ha oído para convencerlos poco a poco de que el escritor que pone su marca individual en lo que escribe siempre dará ganancia. No basta sólo con intentarlo, porque la clase de estilo en la que estoy pensando es una proyección de la personalidad y es preciso tener una personalidad antes de poder proyectarla. Pero si uno la tiene, sólo puede proyectarla en el papel pensando en otra cosa. Esto es irónico en cierto modo. Es el motivo, supongo, por el que en una generación de escritores “hechos”. Sigo diciendo que no se puede hacer un escritor. La preocupación por el estilo no lo producirá. Ninguna cantidad de corrección y pulido tendrá ningún efecto apreciable sobre el sabor de lo que un hombre escriba. Es un producto de la cualidad de su emoción y percepción; es la capacidad de transferirlos al papel lo que hace de él un escritor, en contraste con la gran cantidad de gente que tiene emociones igualmente buenas y percepciones igualmente agudas, pero no lleva mi un millón de kilómetros de ponerlas sobre el papel. Conozco a varios escritores hechos. Hollywood, por supuesto, está lleno de ellos; sus libros a menudo tienen un impacto inmediato de habilidad y sofisticación, pero por debajo están huecos, y uno nunca vuelve a ellos.

El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos. Raymond Chandler. Barcelona: Emecé: 2004. 326 páginas.