Así decía Alcibíades que era Sócrates

5 Feb

Las silenas eran en tiempos pasados unas cajitas como las que ahora vemos en las boticas de los farmacéuticos, pintadas por fuera con figuras jocosas y frívolas, tales como arpías, sátiros, ánsares embridados, liebres con cuernos, ocas enalbardadas, machos cabríos voladores, ciervos adornados de flores, y otras pinturas por el estilo, expresamente desfiguradas para mover a risa a la gente, a semejanza de Sileno, maestro del buen Baco. Dentro de ellas se guardaban las drogas finas como el bálsamo, el ámbar gris, el amomo, el almizcle, la algalía, las piedras preciosas y otras cosas de valor.

Así decía Alcibíades que era Sócrates pues viéndolo por fuera y juzgándolo por su aspecto, no habríais dado por él una piel de cebolla, a causa de la fealdad de su cuerpo y de su ridícula presencia, su nariz puntiaguda, su mirada bovina, su rostro de orate, sus costumbres sencillas, vestiduras rústicas, pobreza en bienes materiales, desgracias amorosas, su ineptitud para todos los oficios de la República, siempre riéndose, bebiendo sin tasa ni medida, haciendo burla de todo, y disimulando siempre su divino saber.

Mas, al abrir esa caja, habríais encontrado dentro una droga celestial e inestimable: entendimiento sobrehumano, virtud maravillosa, coraje invencible, sobriedad sin par, alegría verdadera, confianza absoluta, increíble desapego hacia todo aquello por lo que los seres humanos tanto se desvelan, corren, trabajan, navegan y luchan.

Rabelais, en Prólogo a Gargantúa y Pantagruel. Barcelona: RBA. 1995: 10-11

Una respuesta para “Así decía Alcibíades que era Sócrates”

  1. proeresio 6 febrero, 2013 a 11:06 #

    Sócrates fue, como Platón, un liante y un charlatán. Por supuesto, un charlatán genial porque de lo contrario no tendríamos noticia de él y su recuerdo se habría esfumado junto con el de los buhoneros órficos, los sofistas trincones y el resto de fauna parlante de aquellos tiempos.

    Platón siempre habla de Sócrates y lo convierte en protagonista de sus diálogos pero a él le hubiera gustado ser el discípulo predilecto del italiano Parménides. Sin embargo jamás tuvo agallas para seguirle a los oscuros lugares donde éste halló todo su saber.

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