La sabiduría de Montaigne

4 Feb

Renuncio a lo útil por lo honrado.

Cuando no hay estudio no hay artificio.

Prefiero crear mi alma que amueblarla.

El valor de la victoria se mide por su dificutad.

Nadar en agua turbia son querer pescar en ella.

Una dama no tentada no puede jactarse de castidad.

No hay ni continencia ni virtud si no hay fuerza contraria.

El valor del alma no consiste en subir alto sino ordenadamente.

No se ejercita su grandeza en la grandeza sino en la mediocridad.

Es exquisita la vida que se mantiene ordenada, incluso en privado.

No deseo que mis conocimientos superen y coaccionen mi palabra.

La maldad aspira la mayor parte de su propio veneno y se intoxica.

Nadie está libre de decir necedades. Lo malo es decirlas con aplicación.

Un hablar abierto abre otro hablar y lo saca fuera, como hace el vino con el amor.

¡Tierno y novicio negociador que prefiere fallar en el trato a fallarse a sí mismo!

Se ha escapado mi naturaleza, expresándose a la fuerza, contra un largo hábito.

Soy más celoso de los derechos de mi tranquilidad que de los de mi autoridad.

Hacemos y sopesamos los vicios no según su natureleza sino según nuestro interés.

Nada impide poder comportarse correcta y lealmente entre hombres que son enemigos.

El agradecimiento por el favor depende por entero de la voluntad de aquel que lo hace.

El derecho de la virtud debe prevalecer sobre el derecho de nuestro compromiso.

Se ha de poner uno a la altura de aquéllos con los que está y a veces fingir ignorancia.

Una fealdad y una vejez confesada es menos vieja y menos fea que otra pintada y acicalada.

El ofrecerse con todas las fuerzas a éstos y a aquéllos, revela aún menos prudencia que conciencia.

Los otros se estudian para hacer gala de una mente elevada y afectada; yo, para rebajarla y reclinarla.

Pedimos más cuando menos ofrecemos; queremos elegir más cuando menos merecemos ser aceptados.

La fuerza de toda decisión reside en el tiempo; las circunstancias y las materias ruedan y cambian sin cesar.

La perfidia puede ser perdonable en un caso; sólo lo es cuando se emplea para castigar y traicionar a la perfidia.

Así como no traicionaría al príncipe por un particular, lamentaría mucho traicionar a un particular por el príncipe.

Requiere el bien público que se traicione, se mienta y se asesine; dejemos esa tarea a gentes más obedientes y maleables.

No tengáis en cuenta si hablo con gran libertad, sino si lo hago sin tomar nada a cambio y sin sacar provecho para mis asuntos.

Fundar la recompensa de las acciones virtuosas en la aprobación de los demás es adoptar un fundamento demasiado incierto y confuso.

No pretendo más fruto al actuar que actuar y no saco de ello más consecuencias ni más proyectos; cada acción tiene juego propio.

No se ha de llamar deber (como solemos hacer) a una acritud y avidez intestina que nace del interés y de la pasión privada; ni valor, a una conducta traidora y malvada.

No hay nadie que no halle dentro de sí, si se escucha, una forma suya, una forma dominadora, que lucha contra la educación y contra la tempestad de las pasiones que le son contrarias.

Y citan a Platón y a Santo Tomás en cosas para las cuales serviría igual de testigo el primer recién llegado. La doctrina que no ha podido llegarles al alma, se les ha quedado en la lengua.

Mis actos están regulados y conformados a lo que soy y a mi condición. No puedo hacer más. Y el arrepentimiento no afecta propiamente a las cosas que no están a nuestro alcance aunque sí se puede lamentar no llegar a ellas.

Es la vida movimiento desigual, irregular y multiforme. No es ser amigo de uno mismo y menos aún señor sino esclavo, el obedecerse constantemente y estar tan preso por las propias inclinaciones que no pueda uno desviarse de ellas ni torcerlas.

Para aquellos que nada valen resulta muy dulce, una vez que han sacado provecho de una acción viciosa, poder entonces añadirle en toda seguridad algún rasgo de bondad y justicia como compensación y corrección de conciencia.

Se pueden desautorizar y rechazar los vicios que nos sorprenden y hacia los cuales nos empujan las pasiones; mas aquellos que por larga costumbre se hallan enraizados y anclados con voluntad fuerte y vigorosa, no están sujetos a contradicción.

Los traidores y asesinos obedecen a las leyes del ceremonial y se hacen de ellas un deber; y así ni puede quejarse la injusticia de la falta de civismo, ni la maldad de indiscreción. Es una lástima que un hombre malvado no sea también necio y que la decencia palie también su vicio.

No se ve en ellos más que mísera afectación de rareza y unos disfraces fríos y absurdos que en lugar de elevar la materia, la rebajan. Con tal de atiborrarse de novedad, nada se les da de la eficacia; por agarrarse a una palabra nueva, dejan la normal que suele ser más fuerte y más nerviosa.

No hemos de anclarnos tanto en nuestros gustos y actitudes. Nuestra principal capacidad es saber adaptarnos a distintas costumbres. Es ser, mas no vivr, el permanecer atado y obligado por necesidad a una sola manera. Las almas más hermosas son aquellas que tienen más variedad y flexibilidad.

Las mentes brillantes, al usar y manejar la lengua, la revalorizan, no tanto innovándola como usándola más vigorosa y diversamente, estirándola y moldeándola. No le aportan palabras, mas enriquecen las que tiene, dan peso y profundidad a su significado y a su empleo, enseñándole movimientos desacostumbrados, mas con prudencia e ingenio.

Alabo a un alma de distintos niveles que sepa tensarse y distenderse, que esté bien en todo lugar al que el destino la lleve, que pueda cambiar impresiones con el vecino sobre su casa, la caza y sus disputas, que pueda charlar con placer con el carpintero y el jardinero; envidio a aquellos que saben confraternizar con el último de su séquito y llevar la conversación con su propio paso.

Nuestro sistema, tanto público como privado, está lleno de imperfección. Mas nada inútil hay en la naturaleza; ni siquiera la propia inutilidad; nada hay inserto en este universo que no ocupe lugar oportuno. Nuestro ser está cimentado en cualidades enfermizas; la ambición, los celos, la envidia, la venganza, la superstición, la desesperación, alójanse en nosotros con posesión tan natural que reconocemos su imagen también en los animales; incluso la crueldad, el vicio tan desnaturalizado; pues en medio de la compasión sentimos en nuestro interior cierta punta agridulce de voluuptuosidad maligna al ver sufrir a los demás.

Nosotros principalmente, que vivimos una vida privada que sólo nosotros vemos, hemos de haber establecido en nuestro interior un modelo al que remitir nuestras acciones, y, según él, acariciarnos o castigarnos. Tengo mis leyes y mi tribunal para juzgarme a mí mismo y a ellos me atengo más que a cualquier otra cosa. Limito mis actos según los demás, mas sólo los amplío según yo mismo. Sólo vos sabéis si sos cobarde o cruel, o leal y devoto; los demás no os ven; os adivinan por conjeturas inciertas; no ven tanto vuestra naturaleza como vuestro arte. Por lo tanto, no es atengáis a su sentencia; atenéos a la vuestra.

Es menester que Dios nos llegue al corazón. Es menester que nuestra conciencia se enmiende ella misma por el refuerzo de nuestra razón, no por el debilitamiento de nuestros apetitos. No está la voluptuosidad pálida ni descolorida en sí misma porque así la vean unos ojos legañosos y turbios. Se ha de amar la templanza por sí misma y por respeto a Dios que nos la ha oredenado, y la castidad; aquella que nos prestan los achaques y que debo al favor de mi cólico, no es ni castidad ni templanza. No se puede uno jactar de despreciar y combatir la voluptuosidad si no la ve, si la ignora, y con ella sus gracias, sus fuerzas y su belleza más atractiva.

Soy muy capaz de hacer y conservar amistades raras y exquisitas. Como me ato con tanto apetito a las uniones que son de mi gusto, me muestro, me abalanzo tan ávidamente que no puedo dejar de ligarme fácilmente y de dejar huella cuando me doy. A menudo he hecho la prueba con felicidad. Para las amistades comunes soy algo estéril y frío pues mi andar no es natural si no es a toda vela; aparte de que la fortuna, al haberme acostumbrado y engolosinado desde mi juventud con una amistad única y perfecta, en verdad que de algún modo me ha hecho perder el gusto por los demás y me ha grabado en el cerebro que soy animal de compañía y no de tropa, como decía aquel clásico. También porque por naturaleza me cuesta comunicarme a medias y con disimulo, y con esa servil y desconfiada prudencia que se nos ordena en el trato con esas amistades numerosas e imperfectas; y se nos ordena principalmente en esta época en la que no se puede hablar del mundo sin peligro o falsedad.

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