La Creación

4 Feb

El temor reverencial atonta.

Las aspiraciones y sus realizaciones se alimentan de decadencia.

Todos los eventos que acaecen en nosotros y a nuestro alrededor tienen la misma motivación: un colapso hacia el caos, sin objetivo ni propósito alguno.

Los nombres son códigos; no habríamos de tolerar que el uso frecuente que de ellos hacemos se disfrace de intelección.

Todo el mundo sabe lo que se quiere dar a entender con el término carga eléctrica (mientras no se le pida que lo explique).

Un brevísimo pensamiento basta para mostrar que la oscuridad de la noche elimina la mitad de la eternidad.

Todas las noches se nos hace saber que el universo tuvo un comienzo, pero la mayoría de nosotros sólo lamenta, utiliza o se deleita de la oscuridad, sin caer en cuenta de que aporta conocimiento.

Los eventos son las manifestaciones de unas probabilidades que se cumplen. Todos los eventos de la naturaleza, desde el rebote de las pelotas hasta la concepción de los dioses, son aspectos y elaboraciones de esta sencilla y simple idea.

La inmensidad del universo es manejable si nos atrevemos a pensarlo a una escala lo suficientemente grande: una actitud mental bastante amplia hace desaparecer el temor reverencial que la inmensidad inspira.

Cada grano de polvo es una galaxia. Nosotros vivimos en las proximidades de una estrella tirando a corriente, que forma parte de una galaxia tirando a corriente, en una parte insignificante de la bocanada de polvo.

Hemos de tener siempre muy presente que la complejidad del comportamiento y de las apariencias puede ser ilusoria y que lo que percibimos como complejidad puede ser el resultado de cadenas de simplicidad.

Uno de los mayores descubrimientos ha sido el averiguar que se puede medir el universo y que tiene sentido atender a su tamaño y edad. Caer en cuenta de que el universo puede ser medido es más revolucionario que fijar sus medidas reales, pues la existencia de la extensión y de la duración nos coloca frente a los problemas de un límite del espacio y de una frontera del tiempo.

Nuestra apreciación de la naturaleza del universo nace de nuestra capacidad de poner atención, observar y reflexionar sobre las cosas que contiene. Advertimos, por ejemplo, que todo está formado de la misma materia. Los animales comen plantas y se beben los ríos. Las plantas comen montañas. Al morir los animales contribuyen a la formación de otras montañas y otras plantas. Las montañas brotan de los planetas, que son acreciones de fragmentos y residuos de estrellas muertas. Todo está formado de la misma materia, y cuanto más lejos llega nuestro examen menos probable parece que haya otra materia distinta en otra parte. Somos polvo galáctico y volveremos a ser polvo galáctico.

Peter W. Atkins, en La creación. Barcelona: Salvat. 1986. 156 páginas.

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