Genio y melancolía

4 Feb

La melancolía se ha constituido en asunto de estudio desde perspectivas tan diversas como la medicina, el arte, la astrología, la psicología, en diferentes épocas y con diferentes énfasis. Fue teorizada y estudiada en la antigüedad desde la perspectiva humoral por médicos como Hipócrates (los melancólicos tienen exceso de bilis negra o humor melancólico) y por filósofos como Aristóteles quien, en su Problema XXX,1, afirma que los más destacados guerreros, políticos, filósofos y artistas de su tiempo fueron, además, modelos de melancolía. A partir del texto de Aristóteles se consolidó la todavía vigente relación entre genio y melancolía: el genio se concibe como un regalo de los dioses y la melancolía como un aspecto concomitante de la genialidad.

Durante la Edad Media las relaciones entre el estado físico y el psíquico siguieron relacionándose para estudiar la melancolía, pero se confundieron aún más los límites entre locura y genialidad, que ya se hallaban presentes en el texto de Aristóteles. La melancolía se relacionó con el pecado de la acedia, concebido como sinónimo de descuido en las tareas religiosas, acompañado con frecuencia de tristeza, angustia y desesperación; al comienzo se empleó esta designación para referirse a los monjes pero posteriormente sobrepasó el contexto religioso puesto que el pecado de la acedia se transformó en el de la pereza y no se refería sólo a las tareas religiosas sino, además, al trabajo productivo de las personas comunes.

Los monjes medievales buscaban un ideal absoluto representado en la idea de un Dios vivo capaz de manifestarse, de darse a conocer y de recibir amor; ante la impotencia e incapacidad para experimentar un contacto pleno con este ser caen en estados depresivos que los lleva a cometer el pecado de la acedia, expresado a través de tristeza, inhibición o desvalorización. Cuando reciben manifestaciones divinas surgen los sentimientos de gozo, expansividad y desmedida confianza.

Desde la perspectiva psiquiátrica estas alternancias en el estado de ánimo formarían parte de lo que se denomina psicosis maniacodepresiva:

La gran mayoría de místicos cristianos han padecido en un momento dado de su trayectoria espiritual profundas y dolorosas depresiones endógenas… depresiones que se corresponden con aquella parte del proceso místico que en teología espiritual se conoce con el nombre de purificaciones pasivas.

Se llama fase maniaca a un cuadro clínico que viene configurado por sentimientos de gozo, expansividad y desmedida autoconfianza, sentimientos que son justamente los opuestos a los de tristeza, inhibición y desvalorización que ocurren durante la fase depresiva. Cuando una psicosis endógena evoluciona con alternancias de fases depresivas o fases maníacas, se conoce entonces a esta enfermedad con el nombre de psicosis maniacodepresiva o trastorno bipolar, frente al trastorno monopolar -o depresión endógena a secas- en cuya evolución encontraremos solamente fases depresivas (Alvarez. 1997: 19).

Desde la perspectiva médica actual la depresión endógena es una enfermedad que ha de ser tratada y curada con terapias psicológicas y medicamentos antidepresivos, cuando era padecida por los monjes medievales, en cambio, se concebía como un estado positivo que permitía experimentar purificaciones pasivas. Al místico se le ofrecía la posibilidad de encontrar un significado positivo en el proceso espiritual gestado durante “la noche oscura del alma”, al enfermo de depresión endógena no se le da esta oportunidad, sino que apenas se le brinda consuelo con la idea de que la preponderancia de la razón puede interpretarse como superación de la melancolía patológica y que cuando deje de concebirse él mismo como un objeto y empiece a superar la sensación, por ejemplo, de que está muerto y realice actividades diferentes a la de permanecer en una sola posición durante prolongados lapsos de tiempo, en ese momento se puede empezar a sentir satisfecho.

La acedia se relaciona con la distracción y el embotamiento, con la preocupación o tristeza del corazón semejante a la aflicción y especialmente dura para los solitarios, se trata de tristeza “respecto de los bienes espirituales esenciales del hombre, es decir la particular dignidad espiritual que ha sido conferida por Dios. Lo que aflige al acidioso no es pues la conciencia de un mal sino por el contrario la consideración del más grande de los bienes” (Agamben. 1995: 30), la dificultad consiste en apropiarse de esos bienes. El acidioso supone que si desprecia el cuerpo será más fácil acercarse al espíritu pero durante el proceso corre el riesgo de terminar siendo sólo materia, de perderse como ser humano a través de la búsqueda de lo divino, de terminar siendo sólo un objeto.

La acedia no puede ser realizada por los melancólicos modernos como lo fue por los monjes medievales pero continúa constituyéndose en el ideal de estos taciturnos: “Ya no hay artistas como los de antaño, de aquellos cuya vida y alma eran el instrumento ciego del apetito de belleza, órganos de Dios mediante los cuales se probaba a sí mismo su existencia. Para ellos el mundo no importaba. Nadie supo nada de sus dolores. Se acostaban tristes todas las noches y contemplaban la vida humana con una mirada de asombro, igual que nosotros contemplamos un hormiguero” (Flaubert. 1989: 23).

David de Augsburgo, en el siglo XII, estableció diferentes tipos de acedia:

El vicio de la accidia tiene tres clases. La primera es una cierta amargura de la mente que no se consuela con nada alegre ni edificante. Se alimenta de hastío y abomina la compañía humana. Esto es lo que el Apóstol llama tristeza del mundo que fabrica muerte. Produce inclinación a la desesperación, hurañía y desconfianza, y a veces conduce a sus víctimas al suicidio al verse oprimidas por una aflicción irracional. Tal tristeza sale a veces de una impaciencia previa, a veces del hecho de que se pospone algún deseo o se frustra, y otras veces de la abundancia de humores melancólicos, en cuyo caso compete al médico más que al sacerdote el prescribir el remedio (citado por Jackson. 1989: 73).

Los melancólicos son portadores de un desorden fisiológico preciso: tienen abundancia de humores melancólicos, es decir, de bilis negra. La enfermedad de la bilis negra, ocasionada por su exceso, sobreviene en caso de desánimo prolongado, desánimo con miedo e insomnio también prolongado. El exceso de bilis negra -ubicada en el bazo- y desarrollado en gran medida debido a los “excesos” de los melancólicos, los convierte progresivamente en epilépticos melancólicos.

Con el advenimiento de la modernidad la relación entre genio y melancolía fue propicia para realizar el concepto de arte humanista que se divulgaba y el modo en que se practicaba; la relación entre mística, depresión y creación no se realizó de la manera en que lo lograron San Juan de la Cruz o Santa Teresa de Jesús, sino que se orientó en algunos artistas hacia la magia negra o la trascendencia de sí mismos a partir del trabajo excesivo, la experimentación con drogas o la búsqueda de perfección de obras terrenales. El conocimiento de lo absoluto no se lograba a través del éxtasis místico sino de las experiencias personales y la introspección; el arte se convirtió en una especie de ser divino y al artista en sacerdote o en Dios, se trata de un ser que tiene la posibilidad de descubrir cada día formas nuevas, no es un imitador de la naturaleza sino un “creador” distanciado.

Las “ideas interiores” de los monjes medievales no se asemejan a las de los artistas del Renacimiento. El propósito del artista renacentista no consiste en buscar o recrear ensoñaciones platónicas, ideas eternas, independientes de los seres que gozan con su contemplación, sino que éstas son la expresión del espíritu del hombre. El mejor ejemplo de la encarnación de esta práctica es Durero ya que “a diferencia de todos sus predecesores, compara al artista con Dios porque, a semejanza de Dios, él tiene la posibilidad de crear cada día, a partir de las ideas que están en su espíritu, nuevas formas del hombre o de otras criaturas. El artista ya no es simple imitador de la naturaleza, sino creador” (Panofsky. 1991: 20). Se trata de seres que poseen en grado sumo y de manera consciente la autoafirmación, el orgullo y la obstinación propia de quienes se han santificado a sí mismos frente al mundo.

En el siglo XX y en la actualidad, especialmente debido a los estudios que han banalizado las aproximaciones psicológicas, la melancolía tiende a relacionarse con situaciones ridículas como el simple hecho de sentirse un poco triste debido al tedio que generan algunas situaciones de la vida y, sin embargo, la melancolía es algo mucho más profundo e intenso que el desagrado que a veces siente la gente por tener que realizar actividades que no le satisfacen, por no haber logrado propósitos materiales o ideales amorosos. Autoproclamarse como melancólico se ha convertido en la actualidad en un lugar común entre algunas personas desilusionadas de la vida o de las diversiones que ésta les proporciona y que quieren pasar por “artistas” cuando cantan su desdicha.

La actitud intelectual y las expresiones estéticas en las que la evasión y la contemplación son presentadas de forma muy colorida forman parte de lo kitsch más que del Arte; lo Kitsch es una imitación estereotipada de la auténtica obra de arte y el aburrimiento que produce la moderna vida urbana no está relacionado con la melancolía sino con la frustración que provoca la incesante búsqueda de nuevos placeres efímeros que se agotan demasiado pronto:

Lo kitsch parece ser, históricamente, un resultado del romanticismo… muchos románticos promovieron una concepción del arte sentimentalmente orientada, que a su vez abrió el camino a varias clases de escapismo estético… el deseo de escapar de una realidad adversa o simplemente aburrida es quizá la principal razón del amplio atractivo de lo kitsch…

A menudo lo kitsch no es sino “una escapada al idilio de la historia donde todavía son válidas las convenciones establecidas… El kitsch es el modo más simple y directo de disparar esta nostalgia”… lo kitsch adelanta claramente ciertas necesidades emocionales que generalmente se asocian con el concepto de mundo romántico. En gran medida podemos considerar lo kitsch como una forma vulgar del romanticismo…

Lo kitsch, barato o caro, es sociológica y psicológicamente la expresión de un estilo de vida, es decir, el estilo de vida de la burguesía o de la clase media…

Aunque el kitsch vaya unido a la búsqueda de status tendrá la función -que es psicológicamente más importante- de proporcionar una huida de la banalidad y la insignificación de la moderna vida urbana. En cualquier forma o combinaciones, lo kitsch es relajante y agradable. El deseo-cumplido contenido en este placer enfatiza su origen activo, el miedo al vacío que el kitsch intenta mitigar. Desde este punto de vista el kitsch es una respuesta al extendido sentido moderno del vacío espiritual: rellena el vacío tiempo libre con “diversión” o “excitación” y “alucina” los espacios vacíos con un conjunto infinitamente matizado de “bellas” apariencias (Calinescu. 1987: 223-245).

Para que surja el proceso creativo es necesario que el melancólico posea, además de exceso de bilis negra, predisposición hacia el arte; debe asumir su estado físico como un rasgo positivo, no como un mal digno de ser curado para alcanzar la tranquilidad, sino como una facultad que le permitirá dedicarse al estudio, la introspección, la elaboración de quehaceres acordes con sus estados de ánimo y, al mismo tiempo, para superar la sensación de vacío y de pérdida, que lo afligen con frecuencia. Desde esta perspectiva, el arte surge para “ofrecer un remedio a un estado de necesidad, de ausencia, inscrito en el destino humano desde el pecado original. La creatividad humana se articula pues bajo el signo de una condición afectada por la precariedad, y no a partir de un excedente” (Müller. 2002: 21).

La melancolía puede ser positiva o negativa, fuente de creación o de destrucción, de elevación o de caída; la interpretación depende de la perspectiva a partir de la cual se estudie, las razones que la produzcan, los contextos en que se manifieste y, especialmente, de la actitud de quienes se caracterizan como melancólicos para asimilar su estado físico y psicológico, para aceptarse y erigirse como seres regidos “bajo el signo de Saturno”.

Los melancólicos no desean la felicidad o el triunfo, sino que se esfuerzan por vivir conforme a su particular naturaleza, casi siempre bajo preceptos del orden de: “sabio es aquel que ya en vida está como si hubiera muerto, aquietado, dispuesto a marchar sin desgarramiento” (Zambrano. 1944: 52), o: “saboreé con detalle mi vida ya malgastada; me dije con regocijo que mi juventud había pasado, pues es una dicha sentir que el frío se posa en el corazón, y poder decir, palpándole con la mano, como un hogar que humea todavía: he dejado de arder” (Flaubert. 1986: 24). Asumen que “el hombre es un ser temporal y contingente lanzado entre dos nadas” (Heidegger), “una nada frente al infinito, un todo frente a la nada, un medio entre nada y todo… incapaz de ver la nada de donde ha salido y el infinito de donde él es absorbido” (Pascal: 1984: 51).

Bibliografía:

Agamben, Giorgio. Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental. Valencia. Pre-Textos. 1995. Primera edición. 1977.

Alvarez, Javier. mística y depresión: San Juan de la Cruz. Madrid: Trotta. 1997.

Calinescu, Matei. Cinco caras de la modernidad. Modernismo, vanguardia, decadencia, kitsch, Posmodernismo. Madrid: Tecnos. 1987.

Flaubert, Gustave. Cartas a Louise Colet. Madrid: Siruela.1989.

Jackson, Stanley W. Historia de la melancolía y la depresión. Desde los tiempos de Hipócrates a la época moderna. Madrid: Turner. 1989.

Müller, Cristina. Ingenio y melancolía. Una lectura de Huarte de San Juan. Madrid: Biblioteca Nueva. 2002.

Panofsky Erwin, Klibansky, Raymond; Fritz, Saxl. Saturno y la melancolía. Madrid: Alianza. 1991.

Pascal, Blaise. Pensamientos. Madrid: Sarpe. 1984.

Zambrano, María. Séneca. Madrid: Siruela. 1944.

Fuente: Texto gentilmente cedido por la autora

http://www.herreros.com.ar/melanco/rosas.htm

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