Drogas y narcotráfico en Colombia

4 Feb

“La mentalidad prohibicionista ha progresado, hasta el punto, que decir la verdad sobre las drogas parece peligroso y subversivo” (Oriol Romani).

Las cifras del Banco Mundial parecen darles la razón a los antiguos seguidores del islam, quienes preferían la embriaguez del opio a la del alcohol porque éste les generaba descoordinación, halitosis y agresividad.

Las drogas por sí mismas no pueden considerarse dañinas, pues a lo largo de la historia le han proporcionado bienestar al ser humano al aliviarle el dolor físico o psíquico y al permitirle la comunicación con sus dioses.

Los drogadictos son aquellos que se hacen dependientes de cualquier tipo de droga, así ella sea legal. También pueden ser adictos los que consumen pastas tranquilizantes, alcohol o cerveza.

El 85% de los casos de drogadictos que se reciben en el Instituto Luis Amigó -la entidad con mayor experiencia en drogadicción en Colombia- provienen de hogares con padres ausentes o con una figura paterna débil.

En Colombia hay quienes dicen que la sustitución de cultivos va muy bien; se ha tumbado mucho café y se ha sembrado mucha amapola. Y aunque parece un mal chiste, esto tiene mucho de verdad.

El derroche de dinero y fuerza, el consumo fastuoso y el ritual religioso son mecanismos de reafirmación personal y colectiva de quienes vienen del mundo de los excluidos.

Tanto las familias con una autoridad vertical, donde todo se soluciona con gritos y con rejo, como las familias con una autoridad horizontal, donde no hay normas ni ley, tienen propensión a generar adictos.

“Lo de la droga es a la vez dos cosas: un negocio -el mejor del mundo- y una cruzada -la más moral del mundo-. Pero el negocio es bueno porque existe la cruzada; si no hubiera cruzada el negocio se derrumbaría” (Antonio Caballero).

De cada cien personas que ingresan a urgencias por lesiones personales, 42 han consumido alcohol y 23 han consumido cocaína. Y de cada cien personas que fallecen por causa de la violencia, 34 han consumido bebidas alcohólicas y diez han consumido cocaína.

Es una cultura donde la fuerza se transforma en instrumento de honor, en instrumento de una noción de justicia donde sólo la sangre venga la sangre. En este caso, la versión social no concibe que sus héroes sean calificados como simples delincuentes.

“Un colombiano casi no se reconoce en otro si no media una larga serie de comprobaciones de tipo étnico, económico, político, social y familiar; si no se hace una pormenorizada exploración acerca del sitio donde trabaja, del barrio en que vive, la ropa que usa y la gente que conoce” (William Ospina).

El hombre tiene hoy mil drogas toleradas por la sociedad, otras prohibidas y se inventará otras más para enfrentar su ansiedad, o alcanzar el equilibrio o la lucidez para mirar el caos desde los fármacos, la televisión, el alcohol, el tabaco, el café, el poder, la gula, la Coca-Cola, la heroína, el hachís, la cocaína…

El hombre moderno enfrenta un enorme dilema: “Como el pez que muere de sed en el agua”, muere de soledad y de la impotencia que le produce estar lejos del poder y del dinero, o de los supuestos ideales de éxito, quiere alucinar un paraíso perdido. No habrá entonces poder ni ley que le impida evadirse.

En la cosmovisión de los narcotraficantes, la religión católica es funcional a sus prácticas de vida. Son personas que veneran a la virgen pero consideran la venganza como la única justicia auténtica. Ejercen una violencia guiada por el instinto, desprovista del sentido de las proporciones y de racionalidad política, y entrelazadas con añejos conflictos familiares o con los ancestrales conflictos de la vida nacional.

En el fondo del asunto existe un factor estructural: Colombia es un país donde los campesinos no tienen acceso a la tierra. La estructura tradicional de la tenencia de la tierra, basada en grandes latifundios, se ha conservado, aunque con una pequeña diferencia: la tierra ha cambiado de dueños. Hoy, buena parte de las sabanas productivas ha pasado a ser propiedad de narcotraficantes.

“Todos los hombres, en todos los momentos y bajo todas las latitudes se entregan a la droga. Esta conducta, entre muchas otras, nos distingue de las criaturas del reino animal. Aquellos seres extraordinarios que saben o pueden vivir sin las drogas los denominamos según nuestras culturas, sabios, justos y santos” (Michel Serres).

“No se les debe a las sustancias embriagadoras la ganancia inmediata del placer, sino una cuota de independencia, ardientemente anhelada, respecto al mundo exterior. Bien se sabe que con los quitapenas es posible sustraerse en cualquier momento de la presión de la realidad y refugiarse en un mundo propio que ofrece mejores condiciones para las sensaciones. Es notorio que esa propiedad de los medios embriagadores determina justamente su carácter peligroso y dañino” (Freud).

La carencia de una subjetividad autónoma permite que el medio presione al consumo al generar curiosidad. Los grupos empujan al “sano” para que consuma droga, para probar finura o para que tenga las mismas sensaciones. Este proceso, que se inicia generalmente con drogas blandas, como la marihuana, termina en muchas ocasiones con la utilización de drogas más fuertes.

La curiosidad sobre las drogas se fomenta, contradictoriamente, tanto con los mensajes que satanizan el consumo como con los que lo glorifican ocultando los efectos perversos. Según Alesandro Baratta, en muchos casos las intervenciones preventivas, basadas en el estereotipo negativo de la droga y sus consecuencias, centradas en lo simbólico sobre el entorno criminal en vez de centrarse en propuestas afirmativas, resultan ser contrapoducentes.

En el mundo contemporáneo se destacan la influencia del estrés, la soledad, las instauración del consumismo como paradigma de éxito o felicidad, el deterioro de la calidad de vida y la violencia como factores que inducen al consumo de psicoactivos. Esto se constata especialmente en el crecimiento del consumo de tranquilizantes entre las mujeres y de alcohol en diferentes segmentos de la población.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) clasifica las drogas psicoactivas según su peligrosidad, en el siguiente orden: grupo uno: opio y derivados (heroína, morfina, metadona, cadeína, oxicodona); grupo dos: alcohol y barbitúricos; grupo tres: coca-cocaína, anfetaminas; grupo cuatro: cannabis (marihuana, LSD, mescalina).

“Ustedes no pueden impedir a los espíritus hallarse predestinados para el envenenamiento, de cualquier clase que él sea: intoxicación de morfina, intoxicación de lectura, intoxicación de soledad, intoxicación de onanismo, intoxicación de repetidos coitos, intoxicación de arraigada flaqueza del alma, intoxicación de alcohol, intoxicación de tabaco, intoxicación de antisociabilidad. Hay almas incurables y perdidas para el resto de la sociedad. Si ustedes les arrebatan un instrumento de locura ellos inventarán diez mil más. Ellos encontrarán medios más sutiles, más furiosos, absolutamente desesperados” (Antonin Artaud)

Las potencias coloniales intentaron sembrar coca en sus tierra y controlar el mercado, pero para su desgracia el cultivo del arbusto no prosperó por fuera de los Andes americanos. La casa Merck de Europa y la Parke-Davis de Estados Unidos producían emulsiones de coca y opio y la mercadeaban con estos anuncios: “No pierda el tiempo, sea feliz; si se siente pesimista, abatido, solicite cocaína”. “Fortifique y refresque el cuerpo y el cerebro”.

El discurso sobre las drogas se ha traspasado, a lo largo del tiempo, de una sustancia a otra, borrando en cada momento los matices de la realidad. La visión homogeneizante impide ver la diferencia radical que existe entre los consumidores: un mama arhuaco que encuentra en el mambeo un camino a la sabiduría, un yuppie deseoso de eficiencia que mete compulsivamente cocaína, un indígena embera que consume chicha para una sesión de sanación, un asesino que se da en la cabeza con roches, una mujer triste que busca en los antidepresivos un aliento para su alma, un consumidor de basuco que ha soplado todo su patrimonio, un marihuanero expulsado de la universidad, un indígena que no abandona su botella de aguardiente Platino, un intelectual vencido por el alcohol.

El país se modernizó en lo económico sin ingresar a la modernidad política, sin que se abrieran las compuertas hacia la secularización, donde las funciones del Estado y la Iglesia están separadas, y sin asumir la pluralidad como esencia de lo democrático. Nuestra historia presenta altas dosis de enfrentamiento y escasa deliberación, sobredosis de represión y ausencia de capacidad normativa del Estado, mucho de moralismo y poco de ética, superávit de negaciones culturales y déficit en la conformación de un espíritu nacional que incluya lo diverso.

“Sin compartir completamente la doctrina socrática de que el único mal que aqueja al hombre es la ignorancia, porque cuando conocemos la verdad conocemos el bien y cuando conocemos el bien no podemos menos que seguirlo, sí es preciso admitir que el conocimiento es un presupuesto esencial de la libre elección y si la elección, cualquier que ella sea, tiene esa connotación, no hay alternativa distinta que respetarla, siempre que satisfaga las condiciones que a través de esta sentencia varias veces he indicado, a saber: que no resulte atentatoria la órbita de la libertad de los demás y que. por ende, si se juzga dañina, sólo afecte a quien libremente la tome” (Carlos Gaviria).

Alonso Salazár J. Drogas y narcotráfico en Colombia. Bogotá: Planeta. 2001. 198 páginas.

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